sábado, 4 de mayo de 2013

Eduardo Galeano - Memoria Del Fuego

"En el altiplano andino, mama es la Virgen y mama son la tierra y el tiempo.
Se enoja la tierra, la madre tierra, la Pachamama, si alguien bebe sin convidarla.
Cuando ella tiene mucha sed, rompe la vasija y la derrama.
A ella se le ofrece la placenta del recién nacido, enterrándola entre las flores, para que viva el niño; y para que viva el amor, los amantes entierran cabellos anudados.
La Diosa tierra recoge en sus brazos a los cansados y a los rotos, que de ella han brotado, y se abre para darles refugio al fin del viaje.
Desde abajo de la tierra, los muertos florecen".



Dibujo 311. En homenaje a Santa María de Peña de Francia, Nuestra Señora de Copacabana y Nuestra Señora del Rosario, Guaman Poma presenta a la Virgen María con el Niño Jesús, mientras San Pedro se arrodilla a rezar delante de ella.

Fuente imagen; http://www.kb.dk/permalink/2006/poma/841/es/image/?open=&imagesize=XL

viernes, 26 de abril de 2013

Cambiar el patrón de consumo


Foto: dbking / www.everystockphoto.com

El 99% de las conferencias internacionales adormecen el cerebro. Acabo de regresar de ese 1% que despierta y motiva. La conferencia de seguimiento a Rio+20 y la futura agenda de desarrollo post 2015 evitó lo “diplomáticamente correcto” en la ciudad de Bogotá –y planteó que el problema central de América Latina y el Caribe no son los indicadores, ni el fin de los ODMs, ni siquiera el bajón de la Asistencia Oficial para el Desarrollo, sino el patrón de consumo y producción, insostenibles para ésta y futuras generaciones.  El documento de discusión, producido por el sistema de Naciones Unidas, llama a un cambio estructural si la región quiere reducir pobreza, la desigualdad y vivir para contarla el año 2100.
Para una década en la que el vertiginoso aumento del consumo fue parte de la solución –67 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza a partir de un alto ritmo de crecimiento liderado por precios de materias primas—la idea de que el consumo sea a la vez parte del problema es, por decirlo de alguna manera, “controversial”.  Y, sin embargo, tiene mucho de sentido común.
El planeta no da para tener tres refrigeradores por persona, ni gastar 1.200 litros de agua por un kilo de duraznos. El concepto de límites planetarios, acuñado por el Instituto de Resiliencia de Estocolmo, describe los límites biofísicos del planeta en términos que son útiles para la política pública e inteligibles para la opinión pública. Entre dióxido de carbono, acidificación de los océanos, uso de tierra y otras seis dimensiones se juega el límite de lo posible. Si todos los habitantes del mundo  tuvieran el patrón de consumo de EEUU, necesitaríamos 7 planetas. Si todos los europeos  se proclamaran vegetarianos, la contaminación de nitrógeno caería en un 70%.

Gráfico: Límites planetarios

Fuente: J. Lokrantz/Azote - Stockholm Resilience Center

La pregunta clave es cómo traducir esta preocupación global de largo plazo a un programa de desarrollo de carne y hueso. La agenda estratégica del cambio de patrón de consumo y producción emergió con fuerza en la Conferencia de Rio+20, pero corre el peligro de disiparse si no encuentra un ancla en la política pública y la opinión pública masiva. El elefante que se pasea por la tienda de cristalería es por supuesto el precio de las emisiones de carbono. No hablamos acá del mercado de bonos de carbono, ni los mecanismos de mercado para la reducción de la deforestación, sino del precio por tonelada, que es simplemente la métrica que hace posible valorizar la contaminación de los ríos y transformar el contenido energético del crecimiento económico.

Hoy por hoy, las emisiones de carbono no tienen un precio global. Una manera de fijarla es aplicar un impuesto al carbono. De hecho, muchos países ya la aplican. En nuestra región, Costa Rica aplica un impuesto al carbono equivalente al 3.5% que financia en parte el mantenimiento de sus parques naturales.  Un estudio del Banco Mundial calcula que un impuesto al carbono de 22 centavos que estabilice el precio del carbono en 25 dólares por tonelada de emisiones, recaudaría 1 trillón de dólares en los EEUU.

Pongamos esto en contexto. El mundo en desarrollo hoy asigna 523 billones de dólares en subvencionar el consumo de hidrocarburos. Aparte del efecto desigualador –ya que el efecto neto es regresivo— los subsidios al consumo alientan una espiral de mayor dependencia sobre los hidrocarburos. Con precios altos de petróleo, no existen incentivos para generar tecnologías alternativas de energía. Para países productores, la clave está en traducir la bonanza actual en un proceso de diversificación económica gradual. No será sostenible continuar con los subsidios ni basar el desarrollo futuro en una base material tan endeble.

Solo con precios relativos distintos –donde se reducen las emisiones de carbono de manera absoluta—se podrá alinear el patrón de desarrollo con los límites planetarios biofísicos. Todo esto suena a ciencia ficción, pero llegará el día en que aspiremos a un menor ritmo de consumo –más parecido al de nuestros abuelos. Miraremos este periodo como un punto de inflexión para la humanidad.

Una participante de la conferencia de Bogotá mencionaba que la transformación del consumismo latinoamericano no es una quimera –la herencia de los pueblos puede ser aún la base para un nuevo patrón mas equilibrado de vida. La clave está en analizar lo que ganamos y perdemos con transparencia. Es poco probable que podamos “tenerlo todo”.  El cambio estructural proclamado en el documento de Bogotá, propone, hoy por hoy, un giro verde para el patrón de consumo y producción latinoamericano. Bienvenido.

Fuente: http://www.revistahumanum.org/blog/cambiar-el-patron-de-consumo/

martes, 16 de abril de 2013

La reinvención del capitalismo

avatar
Investigadora de la Fundación SOL. www.fundacionsol.cl / @lafundacionsol
 
En tiempos de crisis, es cada vez más frecuente ver que se levante la bandera de “reinventar el capitalismo”. A modo de ejemplo, en Chile hace algunos meses, El Mercurio publicaba una nota titulada “Reinventando el Capitalismo” en tributo a la obra de Michael Porter y Mark Kramer “Creando valor compartido. Cómo reinventar el capitalismo y liberar una oleada de innovación y crecimiento”. Esa nota advertía: “El capitalismo está siendo severamente atacado. Hay una menor confianza en los negocios. El propósito de la empresa debe ser redefinido. Es preciso reinventar el capitalismo para que la innovación y el crecimiento se liberen”.

En una línea afín, en la reunión Enade del 2011 se creó la mesa “El capitalismo cuestionado ¿Qué no estamos viendo?” para tratar asuntos similares y el 2012 se volvió a abordar cuestiones como esas, reivindicando la necesidad de crear “empresas ciudadanas”.

Y hace un tiempo, en el encuentro Common Pitch chileno, Al Gore difundió su apuesta por el capitalismo sostenible, donde predicó que la democracia y el capitalismo son las dos grandes herramientas que la sociedad tiene para generar cambios en la dirección “correcta”, pero debiendo superar el cortoplacismo. Esta lucha por la reinvención ha sido especialmente adoptada por empresarios como Richard Branson, cuarto hombre más rico del Reino Unido y dueño del grupo Virgin que ahora está en Chile, quien sostiene:

“Tenemos que ‘reinventar’ el capitalismo, al que sigo considerando como el mejor de los sistemas. Creo realmente que el capitalismo ha ayudado a mucha gente a mejorar sus vidas, lo que ocurre es que en los últimos tiempos ha perdido el camino (….) Hay que ‘humanizar’ el capitalismo y acabar con la idea de que una cosa es hacer el bien y otra muy distinta es hacer negocios”.
Él plantea dejar aflorar el “espíritu emprendedor” bajo nuevas fórmulas, para evitar que el sistema se venga abajo. Y puntualiza: “Yo nunca busco el dinero directamente. Soy de la teoría de que contribuyendo a la sociedad, el dinero viene después por sí solo”.

Pues bien, contrariamente a estas declaraciones, en el capitalismo la acumulación de riqueza adicional es la finalidad directa y motivo determinante de la producción, no así el contribuir a la sociedad ni resolver necesidades humanas. Es un principio ciego, “se acumula capital a fin de acumular más capital. Los capitalistas son como ratones en una rueda, que corren cada vez más deprisa a fin de correr aún más deprisa”, plantea el sociólogo Inmanuel Wallerstein. La acumulación privada y egoísta es el fin endógeno al capitalismo sin el cual no es tal. Aun cuando el discurso reformador y autoflagelante de la nueva ola empresarial fuese sincero, las presiones competitivas empujan a las empresas a enriquecer a sus dueños antes de cualquier otra consideración.

Por otro lado, están los ortodoxos que sí reconocen el principio del lucro como fin último, pero a la vez legitiman su utilidad social, según el axioma de que la acumulación privada de capitales por parte de unos, coordina y resuelve de forma óptima las necesidades de todos.

Ese axioma ha organizado la valoración pública del sector privado hasta el día de hoy, pero no concuerda con la vida de la mayoría que trabaja para vivir.

Consideremos lo que ha sucedido en un ‘país modelo’ como Chile durante sus últimos 40 años de maduración del capitalismo, donde el edificio institucional de la dictadura, que continúa vigente hasta hoy, brindó una oportunidad inédita para la acumulación de capital.

Este edificio prometía ser un boleto de prosperidad, lo que en el período dorado de 1990-1997, se vio legitimado por efecto del aumento de los salarios (sueldo mínimo sube un 30 % entre 1990-1993), la disminución de la tasa de pobreza (entre 1990 y 1998, cae en un 44 %, la ampliación de la cobertura de la educación (prácticamente universal en básica, del 90 % en la enseñanza media y una tasa promedio anual de aumento de matrícula universitaria del 11 %) y la integración al consumo mediante la deuda (se integran los sectores populares al sistema de crédito, llegando a constituir el 66,2 % del total de deudores en 1995). Todo esto hizo soportable el saldo creciente de desigualdad.

Pero luego de la crisis asiática nada volvió a ser igual y se dejó ver la fractura detrás de la fachada: los resultados ‘inclusivos’ mostraron que no eran sustentables ni garantías de buena calidad de vida. El trabajo, la salud, la educación y la vivienda, estaban asentados en un débil equilibrio y pronto se vieron degradados, al tiempo que la desigualdad se hizo más intolerable. Entre 1990 y 2011, la brecha en ingresos autónomos entre el 5 % más rico y 5 % más pobre en Chile subió de 130 a 260 veces (Casen 1990-2011), revelando que, definitivamente, no todos crecen cuando Chile crece.

Hoy, aún volviendo a cifras de crecimiento pre-crisis asiática y habiendo aumentado los empleos durante los últimos dos años, el 50 % de los trabajadores gana menos de $ 251.000 (Casen, 2011). Y el problema no es que ‘falte productividad’ o ‘trabajar más duro’ como sostiene el capitalismo de cátedra (“los salarios aumentan en proporción a los aumentos en productividad”). La evolución de los últimos 20 años dice todo lo contrario: mientras la productividad del trabajo (PIB dividido por horas trabajadas) ha aumentado en un 90 %, los salarios reales crecieron sólo en un 20 % (en base a Banco Central e INE), es decir, hubo un 70 % de incremento en productividad que fue apropiado por los empresarios.

Se puede argumentar que Chile no es el mejor ejemplo, ya que por su radicalidad (neo) liberal es más destructivo socialmente, mientras existen administraciones más ‘inclusivas’ del capitalismo. El problema, bajo esta óptica, sería el modelo de administración del capitalismo y no el capitalismo en sí. No obstante, dentro de los muchos problemas estructurales que el capitalismo efectivamente enfrenta, hay uno que es especialmente grosero y del cual no están exentos ni siquiera los países ‘inclusivos’: unos pagan el costo del bienestar ajeno. En efecto, aún habiendo cierta igualdad en un país, los costos sociales se derivan a otras partes del mundo (considérese lo ocurrido con las colonias o con las empresas instaladas en el Tercer Mundo). La sola evidencia de las crisis financieras, cada vez más recurrentes y que el propio capitalismo crea, muestra que los países más desarrollados tampoco son inmunes a las grandes debacles sociales, en donde quienes pagan son los sectores populares y no los que las producen —los bancos y especuladores—.

La fórmula ganar-ganar detrás de las nuevas ideas de “reinvención del capitalismo”, en que las empresas aportan a la comunidad pero “sin perder beneficios económicos”, son una tergiversación de esa situación y en nada ayudan a cambiarla. Desde otra vereda, en cambio, distintas visiones igualitaristas y anticapitalistas, de “vida plena”, “buen vivir” o socialización de la riqueza desde abajo, están también empezando a causar eco e instan a que la producción se oriente a la resolución de las necesidades humanas y no bajo la ley del valor, hacia una libertad sustantiva y no hacia la libertad abstracta de los liberales (en la cual, en realidad, elige quien “puede” y no quien “quiere”).

Una cosa es clara: el hecho de que sean los propios capitalistas quienes se alarmen y congreguen para resolver los problemas sociales y ambientales del capitalismo ante el riesgo de su obsolescencia, indica que sus secuelas son reales y profundas y que sus dueños saben muy bien que este sistema es una construcción social y no un dato de la naturaleza como se pinta. En otras palabras, que está sujeto a la transitoriedad histórica.

 Fuente: http://www.elmostrador.cl/opinion/2013/04/16/la-reinvencion-del-capitalismo/

 

lunes, 15 de abril de 2013

Las Catedrales del Consumo

04/02/08 Por Javier Garcés Prieto

El desarrollo de las “ciudades del consumo” ha transformado la geografía urbana y los hábitos de consumo y de vida de los ciudadanos. Es la manifestación más evidente de la globalización comercial. Por ello se considera que son las “catedrales” de la nueva “religión del consumo” que se extiende por todo el planeta. 


El desarrollo de las “ciudades del consumo” ha transformado la geografía urbana y los hábitos de consumo y de vida de los ciudadanos. En cualquier lugar del planeta es posible encontrar, con la misma arquitectura y distribución de espacios, grandes superficies y macrocentros de comercio y ocio. Es la manifestación más evidente de la globalización comercial. Por ello se considera que son las “catedrales” de la nueva “religión del consumo” que se extiende por todo el planeta.
Algunas de las transformaciones de la sociedad de consumo les han podido pasar inadvertidas a las personas que las han vivido. Pero existe un fenómeno que, por su rápida y extensa implantación, nadie ha podido dejar de advertir: la progresiva desaparición de las tiendas tradicionales y el nacimiento de los nuevos centros comerciales. Si el autoservicio fue el primer paso en la evolución de los sistemas de distribución y venta, el desarrollo de las “ciudades de comercio y del ocio” es, junto con la generalización del comercio electrónico, el último paso de esta evolución. En España el primer hipermercado se puso en marcha en el año 1973 y en 1980 comenzó la implantación de los macrocentros que reúnen en un mismo espacio, con unidad de servicios (aparcamientos, vigilancia, zonas de paso, etc.), una amplia oferta que incluye grandes superficies, tiendas de todo tipo, cines, oficinas bancarias, restaurantes, etc. Desde entonces su expansión ha sido (y continúa siendo) espectacular, y se han extendido por todo el mundo transformando la geografía urbana y los hábitos de consumo y de vida de los ciudadanos. 

Una nueva filosofía de vida: “comprar por comprar”

El desarrollo de estos macrocentros comerciales es el producto de una profunda transformación del significado de la compra. Para los economistas clásicos las personas tendrían necesidades que cubrir (alimentación, vestido, salud, etc.) y recursos económicos escasos. Por ello deberían buscar las mejores decisiones de compra para obtener las cosas necesarias con los menores costes posibles.
Pero las estrategias comerciales y publicitarias han transformado la emocionalidad y los valores de los consumidores actuales, cuyos comportamientos resultan ya muy poco racionales. Pueden recorrer kilómetros para ir a un hipermercado y ahorrarse unos céntimos (sin tener en cuenta el tiempo y el dinero que gastan en su desplazamiento) y acabar con un carro lleno de cosas superfluas, compradas para aprovechar “magníficas oportunidades” de hacerse con productos que nunca habrían pensado comprar, ni necesitan.
Los comerciantes saben que, cada vez con más frecuencia, no son las necesidades las que impulsan a la compra, sino que la compra es un fin en sí mismo. El consumidor necesita comprar, aunque no necesite lo que compra. Si no fuera así, en las sociedades desarrolladas, en que las personas tienen cada vez mas cubiertas sus necesidades, llegaría un momento en que disminuiría sus compras. Pero la realidad es que cuando esto debiera suceder, el consumidor busca o asume continuamente las “nuevas necesidades” que la sociedad de consumo le ofrece, y sigue comprando, incluso más cada día. 

Estrategias comerciales de incitación al consumo

Para este nuevo consumidor no sirve el comercio tradicional, en el que se entra en la tienda sabiendo lo que se necesita y buscándolo. En los centros comerciales actuales el consumidor entra sin una idea clara de lo quiere comprar o incluso sin querer comprar nada. El deseo de comprar y la decisión de llevarlo a cabo va a surgir dentro del establecimiento.
Por ello el comercio no es ya un espacio cerrado en el que alguien pregunta, tras un mostrador “¿qué quiere Vd.?”. Esta pregunta retraería a los consumidores que entran buscando ver algún producto que les despierte el impulso de compra. Los comercios se han convertido en un lugar de estancia, de paseo, de distracción, que se juntan creando calles y galerías, artificiales pero acogedoras, en una especie de intermedio calle/tienda por la que pueda pasear entre bancos, plantas y árboles artificiales. En estas “calles” encontrará tiendas pequeñas, medianas, grandes almacenes e hipermercados y también cines, restaurantes y discotecas o lugares de ocio. La premisa es muy sencilla: cuanto más tiempo pase una persona en estos centros y más espacio de ellos recorra, más productos verá, más tentaciones recibirá y, por lo tanto, más comprará.
Hay que señalar que la sensación de comprar en libertad que ofrecen los actuales centros comerciales esconde unas posibilidades de manipular y dirigir la conducta de los consumidores en beneficio de los comerciantes como nunca antes había existido. Mediante la estudiada organización y distribución de sus espacios, elementos y productos, así como la preparación del entorno, se incita al consumidor a comprar y se trata además de que esta compra se dirija a determinados artículos. Son los “trucos de los comercios” de los que vamos a señalar algunos de los más frecuentes en las grandes superficies:
  • Los comerciantes cuidan hasta los más mínimos detalles de su establecimiento: los colores, la iluminación e incluso la música ambiental. Tratan así de atraer al consumidor y hacerle sentir en un ambiente agradable y apropiado para el consumo. También la ausencia de referencias exteriores de espacio y tiempo (no suele haber ni relojes visibles ni ventanas) contribuyen a este efecto. Por otro lado, el simple hecho de estar rodeado de personas que compran produce un intenso efecto de imitación y contagio colectivo en la mayoría de los consumidores.
  • Colocar los artículos de primera necesidad y de venta más frecuente (pan, leche, aceite, etc.) en lugares distantes entre sí, para que el consumidor recorra largos espacios en el establecimiento.
  • Dirigir el “flujo de la visita” del modo más amplio posible para que los consumidores pasen por un mayor número de secciones y tengan mayores tentaciones de compra. Para ello se colocan al fondo de los locales determinados “cebos” y artículos de más demanda o se sitúan las entradas y las salidas de los establecimientos distantes entre sí.
  • Los artículos que se desean vender se colocan en los estantes intermedios, a la altura de los ojos, para atraer la atención del consumidor. Los artículos colocados en los lugares altos y bajos de las estanterías difícilmente son vistos.
  • Se colocan los productos que se desea vender junto a otros más caros (para que parezcan baratos) o en una posición intermedia entre otros extremadamente caros o baratos.
  • Los establecimientos se distribuyen en pasillos largos, sin cortes y relativamente estrechos, en los que es difícil dar la vuelta con el carro, a menudo de grandes dimensiones, para estimular la compra. El consumidor, una vez que entra en un pasillo con su carro, está obligado a recorrerlo hasta el final, sin poder retroceder o desviarse.
  • Las “cabeceras” de los lineales son lugares muy preferentes ya que para dar la vuelta el consumidor debe disminuir la velocidad de su marcha y prestar atención a lo que le rodea. Por eso es allí donde se colocan la mayoría de las ofertas.
  • Colocar atractivos carteles o reclamos que hacen referencia al precio o las características del producto con grandes o llamativos caracteres. La simple visión de estos anuncios de “falsas ofertas” tienta a muchos consumidores, aunque desconozcan si se trata o no de una buena compra.
  • Al lado de las cajas de pago se colocan artículos de capricho, puesto que es fácil que al acabar todas las compras previstas, y mientras se está haciendo fila para pagar, el consumidor compre por “impulso” este tipo de productos.
La efectividad de todo este tipo de técnicas está ampliamente contrastada. Como prueba de su éxito se puede señalar que entre el 40 y el 70 por ciento de las decisiones de compra se toman dentro de los centros comerciales y muchas de ellas se refieren a productos que el consumidor no tenía previsto comprar cuando entró en el establecimiento. Además, el 95 por ciento de los consumidores que entran en una gran superficie sin una idea definida de lo que quieren comprar o simplemente “para mirar”, terminan realizando alguna compra. 

Efectos psicológicos y sociales de los nuevos establecimientos comerciales
 

Si antes los comercios se instalaban en las calles de la ciudad, ahora las tiendas han creado sus propias calles: las galerías se convierten en ciudades y construyen un nuevo mundo centrado en el consumo. Son falsas ciudades pero imitan a las reales: es fácil aparcar, se siente seguridad y todo está pensado para resultar acogedor y seductor para propiciar la compra. El peligro de dejarse arrastrar por esta seducción es evidente, sobre todo para los niños y jóvenes que los eligen como lugares donde pasar la mayoría de sus ratos de ocio. Sin pisar la calle, familias enteras pasan del aparcamiento de su casa al del centro comercial, y una vez allí pasean, miran escaparates, compran, van al cine o comen en un restaurante, y, así, sin salir de este espacio cerrado, pasan mañanas y tardes enteras. Parece que el ciudadano ha olvidado que han sido creados buscando en cada detalle sólo aquello que pueda hacerlos más atractivos y rentables desde el punto de vista comercial, es decir, más incitantes a la compra.
Ciertamente la gran atracción de estos macrocentros se explica, en gran parte, por los aspectos negativos de las grandes ciudades en las que a menudo lo único cercano y fácilmente accesible son esos grandes centros, abiertos muchas horas, a los que se puede ir sin avisar y en los que se aparca con facilidad. Las ciudades actuales son cada vez más inhumanas y menos propicias para el contacto con otras personas. Ver a amigos o familiares resulta en ellas mucho más difícil e incómodo que acudir al centro comercial más cercano.
Pero el consumidor no es consciente de los efectos que supone pasar una gran parte de su vida en esas “ciudades interiores” creadas por el comercio. Permanecer horas y horas rodeados de escaparates, tiendas y reclamos comerciales tiene una repercusión intensa sobre cualquier persona. Consciente o inconscientemente se acaba asumiendo una visión consumista de la vida, en la que la felicidad y el éxito social depende de lo que uno compre, y en el que no es posible divertirse sin gastar dinero.
La generalización del uso de estos macrocentros comerciales como lugares de ocio acaba cerrando el abanico de intereses no consumistas de las personas y de la sociedad. Muchos consumidores afirman que van a estos centros porque allí “hay de todo”. Obviamente no es verdad que “haya de todo”. Cada metro de estos lugares está pensado en función de su rentabilidad económica, y por lo tanto dejan fueran todo lo que no produce -directa o indirectamente- beneficio económico. Será difícil encontrar en ellos, por ejemplo, exposiciones de arte, bibliotecas, salas de conferencias o lugares de estancias o encuentro social en los que no sea preciso consumir.
Otra triste consecuencia de lo anterior es que las calles de las ciudades pierden su tradicional importancia como lugares de estancia y encuentro y los ciudadanos las usan sólo como lugares de paso (muchas veces en coche) entre las viviendas y los centros comerciales. Encerrados en estas artificiales “ciudades” del comercio, ignoran las ofertas de ocio y cultura no consumista que les pueda ofrecer su ciudad y alejan las posibilidades de desarrollo urbano más humano, en el que la vida y el contacto con otras personas suceda en espacios abiertos y públicos.
No se ha reflexionado suficientemente sobre lo que supone el triunfo de esas “ciudades interiores” creadas por el comercio. Aunque la sensación de soledad, inseguridad y falta de alicientes que siente el moderno “urbanita” encuentre alivio en ellos, le arrastra a un estilo de vida materialista e insatisfactorio. El auténtico progreso debería conducir a un desarrollo humano menos superficial, más pleno y más sostenible.
 
* Javier Garcés Prietoes psicólogo, profesor de Psicología del Consumidor y presidente de la Asociación de Estudios Psicológicos y Sociales. Este artículo ha sido publicado en el nº 29 de la revista Pueblos, diciembre de 2007. - http://www.revistapueblos.org
 
Fuente: 
http://www.ecoportal.net/Temas_Especiales/Desarrollo_Sustentable/Las_Catedrales_del_Consumo

Quieren ampliar mancha urbana y estudio dice que no es necesario

Por Gisela Alcócer Caero - Los Tiempos - 14/04/2013

Ed. Impresa CRECIMIENTO | La Ley de Regularización del Derecho Propietario Urbano alentó la especulación sobre la tierra. Pues, el paso de tierra agrícola a urbana representa un incremento de más del 100 por ciento de los terrenos

Quieren ampliar mancha urbana y estudio dice que no es necesario - Los Tiempos | Usuario
“Nunca volveremos a ser el granero de Bolivia con esta acelerada urbanización”, dijo la investigadora del Centro de Documentación e Información Bolivia (Cedib), Scarlet Torrico, luego de conocer que en el municipio de Cercado aprobó la ampliación de la mancha urbana sobre 14.000 hectáreas y que Sacaba pretende hacer lo mismo sobre otras 9.810 hectáreas.
La decisión de convertir en zonas urbanas, las regiones que tradicionalmente sirvieron para el cultivo es una tendencia que se está generando en varios municipios de la región metropolitana, como consecuencia de la promulgación de la Ley 247 de Regularización del Derecho Propietario Urbano.
La norma, promulgada el 5 de junio del 2012, aceleró los procesos de ampliación de la mancha urbana porque simplifica los trámites establecidos para la ampliación de las ciudades, debido a que ya no contempla la obligación de elaborar un Plan Municipal de Ordenamiento Territorial (PMOT).
Sin embargo, un estudio realizado por el Centro de Planificación y Gestión (Ceplag), para el Plan Metropolitano de Agua Potable y Alcantarillado, establece que la metrópoli no necesita crecer por el momento.
La directora del Ceplag, Carmen Ledo, dijo: “Nosotros proponemos que no debería crecer ni una hectárea más, ni una. Eso es lo ideal, porque se trata de un valle semidesértico en el que llueve sólo 70 días al año”, dijo la investigadora.
El estudio hace un análisis de la densidad demográfica de los siete municipios que forman el eje metropolitano del departamento, con los datos extraídos del último censo realizado en el país y establece que la densidad demográfica en el municipio del Cercado es de 87 habitantes por cada 10.000 metros cuadrados. En Sacaba la densidad es de  75 habitantes en la misma cantidad de metros cuadrados; en Quillacollo es de 76; en Tiquipaya es de 96; en  Colcapirhua 87; en Vinto 37; y en Sipe Sipe de 40.
Esto significa que en 2012, en los siete municipios del área metropolitana de Cochabamba, vivían 1.536.145 personas, sobre un territorio de 18.919 hectáreas, con una densidad promedio de 81 habitantes por cada 10.000 metros cuadrados.
Estas cifras demuestran que no se necesita ampliar en ninguna de estas poblaciones, pues en las actuales manchas urbanas hay suficiente espacio para construir nuevas viviendas, explicó Ledo. Aseguró que lo que se necesita ahora es planificar un crecimiento inteligente, en el que se priorice la densificación de los territorios que ya están poblados.
A pesar de ello, en el Cercado este proceso de ampliación se inició el 26 de febrero de este año con la promulgación de una ordenanza elaborada bajo presión de las personas asentadas en el Distrito 9, que determinó que se podrán urbanizar 12.151 hectáreas de las 13.944 que se incluyeron dentro de la mancha urbana.
“El Distrito 9 comprende casi el 50 por ciento del territorio del municipio de Cercado y es así de grande precisamente, porque era el área agrícola de Cochabamba destinada a la producción de alimentos”, dijo la representante del Cedib, quien además recordó que precisamente por las enormes dimensiones territoriales con las que cuenta, en el pasado, se pretendía convertir en un nuevo municipio.
Una situación similar se vive en el municipio de Sacaba, donde según informó la asesora jurídica de la Alcaldía, Patricia Sánchez, el Concejo Municipal ya aprobó la ampliación de la mancha urbana en los distritos 3 y 5, que abarcan la zona de El Abra.
Los concejos municipales de Vinto y Tiquipaya también evalúan la ampliación de su área urbana y las propuestas que se están debatiendo giran en torno a la posibilidad de urbanizar absolutamente todo su territorio. “Esta situación nos preocupa, porque los terrenos de ambos municipios son de alta calidad agrícola y si los urbanizan, entonces vamos a poner en riesgo nuestra seguridad alimentaria”, dijo el técnico del Cedib, Miguel Miranda.
Los investigadores del Cedib coincidieron en señalar que la nueva Ley de Regularización del Derecho Propietario provocó una aceleración en los procesos de especulación de la tierra. Pues, el paso de tierra agrícola a zona urbana representa un incremento de más del 100 por ciento en el valor de los terrenos.
“La mayoría de los campesinos piensan que ésta es su oportunidad para salir de la pobreza, vender las hectáreas que el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) saneó, hacer un capital y dedicarse a una nueva actividad”, dijo Torrico. Recordó que “los terrenos saneados por el INRA, que quieren comercializarse fueron entregados de forma gratuita”.

Mancha urbana debería crecer dentro de 23 años

La investigación elaborada por el Ceplag establece, con cifras sobre la previsión del crecimiento poblacional, que el área metropolitana de Cochabamba podría ampliarse en 4.743 hectáreas pero hasta el 2036, es decir, dentro de 23 años. Se estima que entonces vivirán en los siete municipios de la conurbación 2.796.268 habitantes, en un territorio de 23.662 hectáreas, con una densidad promedio de 118 habitantes por cada 10.000 metros cuadrados.
Este estudio revela que sin la ampliación de la mancha urbana, la superficie total para el uso agrícola es de unas 6.105 hectáreas, que esperan la conclusión de Misicuni para contar con agua.
El miembro del Comité de Defensa del Medio Ambiente Cochabamba (Codac), Jaime Ponce, explicó que las ampliaciones que se quieren hacer en todos estos municipios, bajo el amparo de la nueva Ley de Regularización del Derecho Propietario, además de disminuir las zonas de producción agrícola, también provocarán un incremento en los costos de dotación de los servicios básicos, que deberán ser asumidos por las alcaldías.
 
LA LEY 247

El artículo 6 de la Ley 247 dice:
a.  Los Gobiernos Autónomos Municipales a efectos de la regularización del derecho propietario, que apliquen la presente Ley, deberán delimitar sus radio de áreas urbanas en un plazo no mayor a un año a partir de su publicación.
b.  Remitir al Ministerio de Planificación del Desarrollo, los documentos para la correspondiente tramitación de la homologación de los radios urbanos o áreas urbanas, cuya sustanciación tendrá un plazo no mayor a tres meses siempre y cuando se cumplan con todos los requisitos.
c. Hacer públicos los resultados de la regularización del derecho de propiedad sobre bienes inmuebles urbanos.
d. Mantener y actualizar en forma permanente y obligatoria la información catastral, respecto a la regularización del derecho propietario sobre bienes urbanos.
e. Aprobar planimetrías producto de los procesos de regularización, reconociendo áreas públicas resultantes de la consolidación física del asentamiento, exceptuando las áreas sujetas a revisión.
f. Registrar en las oficinas de Derechos Reales las áreas de cesión en el porcentaje existente físicamente en el sector, hasta obtener la matriculación del inmueble y Folio Real que corresponda una vez aprobadas las planimetrías en la regularización.
g. Verificar las características y contenidos de los títulos de propiedad, planos, certificados.

Fuente: http://www.lostiempos.com/diario/actualidad/local/20130414/quieren-ampliar-mancha-urbana-y-estudio-dice-que-no-es_209240_448799.html
 

viernes, 22 de marzo de 2013

El animal urbano: densidad de población y patología social en roedores y en el ser humano - Edmund Ramsden (2009)

School of Humanities and Social Science, University of Exeter, Rennes Drive, Exeter, EX4 4RJ, England.

En un número de Scientific American de 1962, el ecólogo John B. Calhoun presentó los resultados de una macabra serie de experimentos llevados a cabo en el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) de los Estados Unidos de América.[1]Colocó a varias ratas de laboratorio en un entorno en el que, protegidas de enfermedades y predadores, y provistas de agua, comida y cobijo, se reprodujeron rápidamente. Lo único que les faltaba era espacio, problema que se fue agudizando a medida que lo que a él le gustaba llamar su "ciudad de ratas" o "utopía de roedores" se fue superpoblando. La frecuencia de los contactos sociales no deseados aumentó, produciendo un incremento del estrés y las agresiones. Según los trabajos del fisiólogo Hans Selye, el sistema adrenal ofrecía la solución dicotómica tradicional: luchar o huir.[2] Pero en ese entorno cerrado la huída era imposible. La violencia aumentó rápidamente hasta quedar fuera de control. Le siguieron el canibalismo y el infanticidio. Los machos se volvieron hipersexuales, pansexuales y, con frecuencia creciente, homosexuales. Calhoun llamó a esta vorágine “hundimiento conductual”. La población se redujo, acercándose a la extinción. Al final de los experimentos, los pocos animales que quedaban habían sobrevivido con un costo psicológico inmenso: sin actividad sexual y totalmente retraídos se apiñaban en una masa sin ocupación. Incluso después de reintroducirlos en comunidades normales de roedores, estos animales “socialmente autistas” permanecían aislados hasta la muerte. En palabras de uno de los colaboradores de Calhoun, la “utopia” había bajado a los “infiernos”.[3]

Los experimentos de Calhoun con ratas y ratones tuvieron una influencia enorme. Sus hallazgos causaron preocupación en aspectos como el crecimiento de la población, la degradación medioambiental o la violencia urbana. En el marco de un proyecto sobre la historia del estrés, Jon Adams de la London School of Economics y yo hemos seguido el traslado de los datos sobre la patología del hacinamiento generados en los laboratorios de roedores del NIMH a otros entornos ―edificios, instituciones y ciudades― por especialistas en ciencias sociales, urbanistas, arquitectos y médicos. Mientras los sociólogos urbanos y los psiquiatras sociales han explorado las relaciones entre la densidad de población y la patologías en sus estudios estadísticos, los psicólogos ambientales se centraron en el laboratorio y entornos como las prisiones, escuelas y hospitales. Los médicos y los especialistas en ciencias sociales se vieron atraídos por la posibilidad de obtener datos sobre las consecuencias importantes de una variable física y mensurable, la densidad de población, que exigían respuestas políticas. Muchos ya habían empezado a utilizar las ratas de Calhoun en apoyo de los programas de planificación familiar o en la mejora de las características físicas de las ciudades.[4]

Sin embargo, los resultados de los estudios humanos sobre el hacinamiento no fueron homogéneos. En una serie de influyentes experimentos del psicólogo Jonathan Freedman, individuos empleados para llevar a cabo tareas en diferentes condiciones de densidad de población presentaron pocas patologías.[5] El centro de atención cambió de la simple identificación de las consecuencias patológicas de la densidad de población a los factores mediadores de sus efectos. A ello contribuyó la distinción entre "densidad" como medida física y "hacinamiento" como respuesta subjetiva.[6] El hecho de sentirse hacinado era determinado por una serie de factores sociales y psicológicos: el nivel de privacidad deseado por cada individuo, su capacidad para controlar las situaciones o su papel social. Aunque el aumento de la densidad de población fuera inevitable, el ser humano era capaz de hacer frente al hacinamiento.

Sin embargo, esto no significa que las investigaciones de Calhoun fueran rechazadas. Los investigadores reconocieron que los trabajos de Calhoun no trataban simplemente de la densidad en sentido físico, es decir, del número de individuos por unidad de superficie, sino también de los grados de interacción social. Reduciendo las interacciones no deseadas gracias a un mejor diseño del espacio ―por ejemplo, ofreciendo celdas individuales a los prisioneros o zonas independientes a los pacientes― podía evitarse el estrés relacionado con el hacinamiento.[7] Este fue el centro de atención de las investigaciones posteriores de Calhoun. Mejorando el diseño y aumentando el control, intentó crear comunidades de roedores más colaborativas y adaptables, capaces de soportar mayores densidades de población.[8]

La persistencia de los problemas de hacinamiento en las prisiones o de la congestión de los transportes aseguran la importancia del tema del estrés relacionado con el hacinamiento, pero a menudo no se reconoce plenamente la importancia de los experimentos de Calhoun. Hacia el final de su carrera, Calhoun, fallecido en 1995, estaba consternado por el hecho de que sus trabajos se asociaran con un mensaje simplista y negativo (la gran densidad de población equivale a patología) que hacía que su contribución se viera no sólo como errónea en el contexto humano, sino también peligrosa. Como han señalado los sociólogos Fischer y Baldassare, en el pensamiento contemporáneo predomina una visión extremadamente negativa, monstruosa incluso, de la vida urbana.[9] El hecho de centrarse en el hacinamiento no sólo ha hecho que se olvidaran los beneficios de la vida en ciudades con gran densidad de población, sino que se prestara menos atención de la debida a otras causas de patología urbana, como la pobreza o las desigualdades. No obstante, los trabajos de Calhoun tuvieron en cuenta muchos de estos factores e indicaron que podrían superarse, por lo que su papel merece ser reexaminado. ■

Correspondencia: Edmund Ramsden (e-mail: E.Ramsden@exeter.ac.uk).

Boletín de la Organización Mundial de la Salud 2009;87:82-82. doi: 10.2471/BLT.09.062836

Referencias

Calhoun JB. Population density and social pathology. Sci Am 1962; 306: 139-48.
Selye H. A syndrome produced by diverse nocuous agents. Nature 1936; 138: 32- doi: 10.1038/138032a0.
Marsden HM. Crowding and animal behavior. In: Wohlwill JF, Carson D, eds.Environment and the social sciences: perspectives and applications. Washington, DC: American Psychological Association;1972.
Mumford L. The urban prospect. New York, NY: Harcourt, Brace & World; 1968.
Freedman JL. Crowding and behavior. San Francisco, CA: WH Freeman; 1975.
Stokols D. On the distinction between density and crowding: some implications for future research. Psychol Rev 1972; 79: 275-7 doi:10.1037/h0032706 pmid: 5056743.
Paulus P. Prison crowding: a psychological perspective. Berlin: Springer-Verlag;1988.
Calhoun JB. Space and the strategy of life. In: Esser AH, ed. Behavior and environment. New York, NY: Plenum Press;1971.
Fischer CS, Baldassare M. How far from the madding crowd? New Soc 1975; 32: 531-3.

domingo, 17 de marzo de 2013

Silvia Rivera "Ch’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores"

Sobre la mentada descolonización...
"No puede haber un discurso de la descolonización,
una teoría de la descolonización, sin una
práctica descolonizadora. El discurso del multiculturalismo
y el discurso de la hibridez son lecturas
esencialistas e historicistas de la cuestión indígena,
que no tocan los temas de fondo de la descolonización;
antes bien, encubren y renuevan prácticas
efectivas de colonización y subalternización.
Su función es la de suplantar a las poblaciones
indígenas como sujetos de la historia, convertir
sus luchas y demandas en ingredientes de una reingeniería
cultural y estatal capaz de someterlas a
su voluntad neutralizadora. Un “cambiar para que
nada cambie” que otorgue reconocimientos retóricos
y subordine clientelarmente a los indios en
funciones puramente emblemáticas y simbólicas,
una suerte de “pongueaje cultural” al servicio del
espectáculo pluri-multi del estado y de los medios
de comunicación masiva" (Rivera, 2010:62).

Para seguir leyendo el texto de Silvia Rivera "Ch’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores", seguir el link a la editorial Tinta Limón y "Descargar libro completo (pdf)"...

http://tintalimon.com.ar/libro/CHIXINAKAX-UTXIWA/

"Edificios de estilo explosivo"

Arquitectura autóctona y colorida puebla La Paz y El Alto
La Razón / Gemma Candela
00:00 / 27 de mayo de 2012

Chola, posmoderna andina, emergente, cohetillo, híbrida, fusión, ecléctica, barroco contemporáneo… Los nombres con los que se ha tratado de bautizar el nuevo estilo arquitectónico cada vez más presente en El Alto y La Paz  son tan variados y variopintos como los colores, adornos y vidrios que cubren las paredes de estos edificios.

Es imposible no verlos por sus tonos chillones, vidrios reflectantes y llamativos aderezos, o por su estructura que, a veces, es coronada con un chalet en lo alto.

Su vistosidad llama la atención de los que no participan de esta nueva y particular forma de hacer viviendas y negocios. Arquitectos, vecinos y turistas ponen su mirada, y su crítica, sobre estas infraestructuras. Tras el primer impacto, las reacciones se podrían agrupar en dos, según el arquitecto Carlos Villagómez. Por un lado, están los que menosprecian esta forma de construir y que “no la consideran arquitectura”, sino estilo decorativo; por otro, hay quienes opinan que este estilo es “la verdadera expresión de la ciudad de La Paz”, la más genuina. Puede parecer, en términos simples, bonita o fea, pero tiene detrás toda una simbología que identifica a un sector de la población que ha creado algo propio: la nueva burguesía comerciante y transportista de las ciudades de El Alto y La Paz. El debate está servido dentro del colectivo de urbanistas, que no llegan a ponerse de acuerdo ni tan siquiera en cómo llamarla.

Hay quien denomina esta arquitectura como “chola” porque es construida, en su mayoría, por y para los “nuevos ricos”, como los define David Vila Fonseca, arquitecto y docente investigador de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), miembro del grupo Esencias Urbanas de este centro educativo. El calificativo puede sonar discriminatorio, pues en su mayoría  son comerciantes y transportistas los que encargan estos inmuebles.

Carlos Villagómez la ha rebautizado como “arquitectura cohetillo”, aunque el nombre no es de su propia cosecha. Se lo escuchó decir a un cliente que le pidió un edificio así de explosivo. “Se estaba refiriendo a toda la apariencia, vivacidad y delirio que hay en los salones de fiesta”, en los que se celebran prestes, matrimonios y otros festejos, que abundan en El Alto y en algunos barrios populares de La Paz.

No está claro cuándo surge esta forma ni quién la inicia. Para Villagómez, es una mezcla de festejos tradicionales como Gran Poder, las casas en miniatura de la Alasita y la vestimenta folklórica, que se plasma en una nueva forma de construir edificios para la “nueva burguesía marginal” de los barrios populares.

El arquitecto Randolph Cárdenas calcula que las primeras manifestaciones arquitectónicas de este estilo se dieron hace no más de 20 años, en El Alto. Este urbanista titulado por la UMSA es uno de los autores de una investigación sobre el tema, titulada Arquitecturas emergentes en El Alto. El fenómeno estético como integración cultural, publicado por el Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB) en 2010. Cuenta que en la facultad había una “categorización muy, muy despectiva” de esas construcciones. “Uno no deja de preguntarse: si a uno le están enseñando una cosa en la facultad, pero lo que tiene éxito es otra cosa en la calle, ¿quién está fallando?”. En la universidad se enseña, a su parecer, “arquitectura importada”: “No puedes decir que esto (lo que se construye acá) es arquitectura boliviana. Lo habrá hecho un boliviano, y estará en Bolivia, pero esto no es arquitectura boliviana”. Estas dudas, y su “compromiso personal” con El Alto, su ciudad, le llevaron a hacer la investigación.

Randolph estudió también Antropología. “Ha sido un paso para eliminar los grandes prejuicios con los que salimos (de la universidad) los arquitectos”. Él prefiere la denominación de “arquitectura emergente” por ser, considera, un término más abierto y que se corresponde con el proceso de construcción en el que todavía se encuentra el nuevo estilo.
Los orígenes

Los edificios de la arquitectura “cohetillo” o emergente tienen varias plantas. En el inferior suelen colocarse los negocios: galerías comerciales, restaurantes, baños públicos… Esta forma de casas se remonta hasta las viviendas que surgieron alrededor de la estación de tren de El Alto, a principios del siglo XX. Allí se asentaron emigrantes del área rural que reprodujeron su modelo de casa con habitaciones alrededor de un patio central. Aparecieron, también, diversos establecimientos que solían estar en la parte delantera del habitáculo, mientras los dueños vivían en la parte trasera. Con la mejora de los conocimientos sobre construcción, así como de los materiales, se empezó a levantar un primer piso, al que se mudaron los propietarios, y se intervino la fachada.

Durante la investigación, el urbanista se encontró con un vecino, Fernando Quispe, que le habló de la primera “casa de piso” que apareció en El Alto, allá por 1988: tenía la fachada verde (color predominante en la actualidad), estaba en Villa Adela y era de la familia Chinchero. Tras ella, fueron surgiendo otras similares. Si la construcción tenía terraza, hacía las veces de patio central de la vivienda tradicional.

La tecnología ha jugado un papel importante en la aparición del estilo emergente. Antes, el revoque se hacía con cal y colores tenues, la mayoría obtenidos con tintes.

Con la introducción del aluminio y el vidrio reflectante, así como con la mejora de los conocimientos sobre la construcción y del manejo del hormigón, comenzaron a proliferar los edificios “cohetillo” tal como hoy se ven en El Alto y algunas zonas de la urbe paceña (Gran Poder, Villa Fátima, etc.).
Hay varios tipos de construcciones dentro del nuevo estilo arquitectónico: el colonial (con cornisas, balaustres, columnas...); rústico (con vigas de madera a la vista, mampostería de piedra y ladrillos vista); moderna (con vidrios reflectantes) y “chaletcito”. Éste último, probablemente, sea de los más llamativos. El propio Carlos Villagómez no deja de sorprenderse: para él es como si se hubiera elevado la vivienda con grúa hasta arriba de la estructura. “No tiene nada que ver con el edificio, simplemente han suspendido la casa ahí arriba”.

La mayoría de las veces, esta forma de construir implica poner un chalet en lo alto del edificio, pero también se denomina así a las que tienen techos vistos (es decir, que forman parte de la fachada y se pueden observar desde la calle, y no están cubiertos de calamina) o un balcón, fuente o altillo. Villagómez aventura que, así, el propietario piensa que nadie le va a tapar el sol, o que va a ser más difícil que logren llegar los ladrones. Hay que tener en cuenta también que la altura es considerada culturalmente un símbolo de progreso y, “en el área andina, el prestigio social suele ser muy importante”, resalta Cárdenas.

El edificio no es sólo el techo bajo el que se refugia la familia, sino que hasta contribuye al sostenimiento de ésta. Además de los negocios a pie de calle, bien de personas que alquilan los locales o de los mismos propietarios, en la segunda planta hay salones de eventos, restaurantes, academias, talleres textiles… Los siguientes niveles son departamentos que también pueden servir para lucrar, mediante alquiler o anticrético; en muchos casos, son parte de la herencia que los propietarios dejarán a sus descendientes. 

En lo alto vive el dueño, ya sea el último piso o bien en otra estructura sobre el edificio. “Empiezan a aparecer cosas extrañísimas como los chalets que están encima de las construcciones”, insiste Villagómez: el “chaletcito”, como lo denomina Cárdenas. Es “como trasladar la casa del campo al edificio”, opina David Vila, para quien el estilo emergente es una especie de collage de elementos arquitectónicos del mundo clásico, moderno y contemporáneo, al que los propietarios añaden símbolos de sus raíces. La cruz andina es un componente recurrente, tanto en la forma de las ventanas como en la decoración de paredes, puertas y suelos.

Aunque arcos, balaústres, columnas y otros elementos de los diferentes tipos de arquitectura occidental pueden aparecer en los frontis y en el interior de los salones de fiesta, Cárdenas sostiene que esta tipología es algo más que un alocado copia y pega. No es una “manifestación totalmente nueva”, describe, porque la gente toma referentes de otras edificaciones, pero no los reproduce tal cual. Lo que se pide al constructor es: “Como de mi vecino, pero mejor”, relata el arquitecto Emerson Millán al investigador. Es por ello que los habitantes de estos espacios se muestran muy celosos ante las fotos y las miradas demasiado atentas. Cárdenas recuerda una anécdota al respecto que le contó un hombre indignado que había diseñado su casa: “Un arquitecto que estaba aquí, ha trabajado ahí también (para otro), igualito que aquí estaba haciendo…. Todo estaba copiando, yo le he ido a buscar al dueño siempre, ya molesto le quería pegar, le he dicho: ‘Por qué están haciendo así, estos diseños a mí me cuestan, tienes que cambiar’”. Ocurre que la fachada es el “espacio de expresión de la persona, de la familia”, explica el urbanista alteño. Por ello, y por la inversión económica y de tiempo que demanda una obra así, los propietarios no pueden permitir que venga otro y la plagie. Habría que preguntarle a arquitectos famosos como Calatrava o Foster qué sentirían si, unas cuadras más allá, vieran que alguien está levantando una estructura idéntica a la que ellos están haciendo.

Los arquitectos son actores prescindibles del proceso de construcción. Frecuentemente se les contrata únicamente para la elaboración de los planos, necesaria para la legalización de las obras. Hay quien sí cuenta con el trabajo de estos profesionales para todo el proceso, pues es también una forma de darse importancia y prestigio, ya que pagar sus honorarios, que no está al alcance de todos, es un añadido que enorgullece al propietario.

Aunque las personas son reacias a hablar de cantidades económicas, el investigador da una cifra aproximada: el metro cuadrado cuesta alrededor de 300 dólares.

Muchos de los entrevistados por este arquitecto han reconocido que están totalmente endeudados. Una familia trata de tener este tipo de casa por el prestigio social que implica, independientemente de que la pueda pagar. Importa más el qué dirán. Una forma de abaratar costos es acudir directamente a un albañil, sin contar con el arquitecto. “El maestrito es nuestra competencia”, manifiesta David Vila. Es él quien da consejos sobre qué hacer y edifica según sus conocimientos empíricos. Es frecuente, explica el estudioso de este fenómeno, que el obrero sobredimensione los pilares principales para evitar desplomes.

El boceto inicial no llega a coincidir con el resultado final. De hecho, es un proceso que se termina a la par que el edificio, o después (suelen hacerse cambios), del que participa toda la familia y el albañil. Es el caso de don Adolfo, dueño de una llamativa casa en la zona alteña de Villa Adela. quien abrió su casa a Escape en compañía de don Marcos, el obrero que la construyó. Al entrar en la planta baja, el propietario explica que, cuando se empezó a construir, iba a ser un garaje. Acabó siendo una vivienda de tres alturas, tras dos años que ha empleado el “maestrito” para levantarla y decorarla.
Cuando la estructura estuvo terminada, se dio una situación habitual en todo proceso de edificación de un inmueble “cohetillo”: el propietario tuvo que elegir la decoración. Pero no se trata de una sola persona: este actor es la familia al completo que sale de la casa, da media vuelta, levanta la vista y, observando el muro desnudo, se plantea: “¿Qué colocamos?”. Con ayuda del albañil, don Adolfo, su mujer y sus hijos decidieron con qué componentes iban a decorar la vivienda (ver foto de la tercera página de este reportaje).
Una historia visual

Es inevitable pensar, mientras don Adolfo explica el sentido de los detalles pintados, en los textiles andinos, donde se resume la historia de una familia o de una comunidad. Pues bien: el frontis está dividido en tres, cuya parte central sobresale a las otras dos. En ella hay una barca de totora, que representa el origen del cabeza de familia, (hombre oriundo de una comunidad a orillas del lago Titicaca). Más arriba destaca una Puerta del Sol tiwanakota, a través de la cual puede verse un Illimani del que emana un riachuelo que pasa por verdes prados. En los laterales, encuadrando las ventanas que hay en cada uno de ellos, hay ocho rombos divididos en cuatro, uno por cada miembro de la familia (ahora, cinco años después de la construcción, ya son seis los integrantes y nada impide que se añadan los símbolos de ese crecimiento).

Las gotas que ocupan el resto del espacio (parece que hay una especie de horror al vacío, propio del estilo barroco) tienen también su razón de ser: cada vez que la familia organiza una fiesta, llovizna. “Sólo caen gotitas, yo pienso que es como una bendición”, dice don Hugo. Los delfines y caballitos de mar que hay en la parte baja representan, según el dueño, el signo zodiacal de su mujer, quien es de Piscis.

Los colores tampoco son producto del azar: el azul de la pared y el amarillo de los adornos corresponden a una de las fraternidades de morenada más importantes del Gran Poder, Los Fanáticos, de la que es parte la familia. El derroche de color y ornamentación se cuela dentro de las viviendas, incluyendo las galerías comerciales y, por supuesto, los salones de eventos. Éstos “son la expresión más acabada de las arquitecturas emergentes”, afirma Cárdenas. “Existen salones de fiestas que ya quisiera haberlos imaginado Fellini, pero ni con toda la mota del mundo”, señala Villagómez, cuyo humor alcanza incluso al nombre de un grupo de estudio de la arquitectura “cohetillo” que él impulsó: la FEA (Fundación de Estética Andina). Iba dirigida a “destronar” la idea establecida de qué es arquitectura, de qué es bello, influenciada aquella por el pensamiento occidental.
Bromas aparte, esta manifestación colectiva no puede expresarla cualquiera. “No me da la talla”, reconoce el arquitecto paceño. Él ha tratado de hacer este tipo de edificios. “Estoy terminando unas cosas y al lado están haciendo cosas muchísimo más delirantes”. Reconoce estar formado bajo el prisma prooccidental. “Debe existir en uno mismo una reeducación de lo que realmente entiendes como arquitectura”.

En ese sentido coincide con la visión de Cárdenas, quien propone, como verdadera técnica de descolonización, incluir en la formación académica teorías nuevas y autóctonas con las que los arquitectos puedan atender la demanda de un sector numeroso de la población, que requiere cada día más de esta arquitectura emergente y que, en opinión de Villagómez, atrae al turista más que los edificios coloniales. Ya han creado un paisaje cultural que está viajando a otros puntos del país junto con los emigrantes de La Paz y El Alto y que cada vez son, en palabras del urbanista, “mucho más expresivos, mucho más delirantes. Es decir, una verdadera explosión de cohetillos y petardos”.

Fuente: http://www.la-razon.com/suplementos/escape/Edificios-estilo-explosivo_0_1619838089.html