"En el altiplano andino, mama es la Virgen y mama son la tierra y el tiempo.
Se enoja la tierra, la madre tierra, la Pachamama, si alguien bebe sin convidarla.
Cuando ella tiene mucha sed, rompe la vasija y la derrama.
A ella se le ofrece la placenta del recién nacido, enterrándola entre
las flores, para que viva el niño; y para que viva el amor, los amantes
entierran cabellos anudados.
La Diosa tierra recoge en sus brazos a
los cansados y a los rotos, que de ella han brotado, y se abre para
darles refugio al fin del viaje.
Desde abajo de la tierra, los muertos florecen".
Fuente imagen; http://www.kb.dk/permalink/2006/poma/841/es/image/?open=&imagesize=XL
sábado, 4 de mayo de 2013
viernes, 26 de abril de 2013
Cambiar el patrón de consumo
Foto: dbking / www.everystockphoto.com
El 99% de las conferencias internacionales adormecen el cerebro. Acabo de regresar de ese 1% que despierta y motiva. La conferencia de seguimiento a Rio+20 y la futura agenda de desarrollo post 2015
evitó lo “diplomáticamente correcto” en la ciudad de Bogotá –y planteó
que el problema central de América Latina y el Caribe no son los
indicadores, ni el fin de los ODMs, ni siquiera el bajón de la
Asistencia Oficial para el Desarrollo, sino el patrón de consumo y producción,
insostenibles para ésta y futuras generaciones. El documento de
discusión, producido por el sistema de Naciones Unidas, llama a un cambio estructural si la región quiere reducir pobreza, la desigualdad y vivir para contarla el año 2100.
Para una década en la que el vertiginoso aumento del consumo
fue parte de la solución –67 millones de latinoamericanos salieron de
la pobreza a partir de un alto ritmo de crecimiento liderado por precios
de materias primas—la idea de que el consumo sea a la vez parte del
problema es, por decirlo de alguna manera, “controversial”. Y, sin
embargo, tiene mucho de sentido común.
El planeta no da para tener tres refrigeradores por persona, ni gastar 1.200 litros de agua por un kilo de duraznos. El concepto de límites planetarios,
acuñado por el Instituto de Resiliencia de Estocolmo, describe los
límites biofísicos del planeta en términos que son útiles para la
política pública e inteligibles para la opinión pública. Entre dióxido
de carbono, acidificación de los océanos, uso de tierra y otras seis
dimensiones se juega el límite de lo posible. Si todos los habitantes
del mundo tuvieran el patrón de consumo de EEUU, necesitaríamos 7 planetas. Si todos los europeos se proclamaran vegetarianos, la contaminación de nitrógeno caería en un 70%.
Gráfico: Límites planetarios
Fuente: J. Lokrantz/Azote - Stockholm Resilience Center
La pregunta clave es cómo traducir esta preocupación global de largo
plazo a un programa de desarrollo de carne y hueso. La agenda
estratégica del cambio de patrón de consumo y producción emergió con
fuerza en la Conferencia de Rio+20, pero corre el peligro de disiparse
si no encuentra un ancla en la política pública y la opinión pública
masiva. El elefante que se pasea por la tienda de cristalería es por
supuesto el precio de las emisiones de carbono. No hablamos acá del
mercado de bonos de carbono, ni los mecanismos de mercado para la
reducción de la deforestación, sino del precio por tonelada, que es
simplemente la métrica que hace posible valorizar la contaminación de
los ríos y transformar el contenido energético del crecimiento
económico.
Hoy por hoy, las emisiones de carbono no tienen un precio global. Una manera de fijarla es aplicar un impuesto al carbono. De hecho, muchos países ya la aplican. En nuestra región, Costa Rica aplica un impuesto al carbono
equivalente al 3.5% que financia en parte el mantenimiento de sus
parques naturales. Un estudio del Banco Mundial calcula que un impuesto al carbono de 22 centavos que estabilice el precio del carbono en 25 dólares por tonelada de emisiones, recaudaría 1 trillón de dólares en los EEUU.
Pongamos esto en contexto. El mundo en desarrollo hoy asigna 523 billones de dólares en subvencionar el consumo de hidrocarburos.
Aparte del efecto desigualador –ya que el efecto neto es regresivo— los
subsidios al consumo alientan una espiral de mayor dependencia sobre
los hidrocarburos. Con precios altos de petróleo, no existen incentivos
para generar tecnologías alternativas de energía. Para países
productores, la clave está en traducir la bonanza actual en un proceso
de diversificación económica gradual. No será sostenible continuar con
los subsidios ni basar el desarrollo futuro en una base material tan
endeble.
Solo con precios relativos distintos –donde se reducen las emisiones
de carbono de manera absoluta—se podrá alinear el patrón de desarrollo
con los límites planetarios biofísicos. Todo esto suena a ciencia
ficción, pero llegará el día en que aspiremos a un menor ritmo de consumo –más parecido al de nuestros abuelos. Miraremos este periodo como un punto de inflexión para la humanidad.
Una participante de la conferencia de Bogotá mencionaba que la
transformación del consumismo latinoamericano no es una quimera –la
herencia de los pueblos puede ser aún la base para un nuevo patrón mas
equilibrado de vida. La clave está en analizar lo que ganamos y perdemos
con transparencia. Es poco probable que podamos “tenerlo todo”. El
cambio estructural proclamado en el documento de Bogotá, propone, hoy
por hoy, un giro verde para el patrón de consumo y producción
latinoamericano. Bienvenido.
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martes, 16 de abril de 2013
La reinvención del capitalismo
- Karina Narbona Investigadora de la Fundación SOL. www.fundacionsol.cl / @lafundacionsol
En tiempos de crisis, es cada vez más frecuente ver que se levante la
bandera de “reinventar el capitalismo”. A modo de ejemplo, en Chile
hace algunos meses, El Mercurio publicaba una nota titulada “Reinventando el Capitalismo”
en tributo a la obra de Michael Porter y Mark Kramer “Creando valor
compartido. Cómo reinventar el capitalismo y liberar una oleada de
innovación y crecimiento”. Esa nota advertía: “El capitalismo está
siendo severamente atacado. Hay una menor confianza en los negocios. El
propósito de la empresa debe ser redefinido. Es preciso reinventar el
capitalismo para que la innovación y el crecimiento se liberen”.
En una línea afín, en la reunión Enade del 2011 se creó la mesa “El
capitalismo cuestionado ¿Qué no estamos viendo?” para tratar asuntos
similares y el 2012 se volvió a abordar cuestiones como esas,
reivindicando la necesidad de crear “empresas ciudadanas”.
Y hace un tiempo, en el encuentro Common Pitch chileno, Al Gore difundió su apuesta por el capitalismo sostenible, donde
predicó que la democracia y el capitalismo son las dos grandes
herramientas que la sociedad tiene para generar cambios en la dirección
“correcta”, pero debiendo superar el cortoplacismo. Esta lucha por la
reinvención ha sido especialmente adoptada por empresarios como Richard Branson, cuarto hombre más rico del Reino Unido y dueño del grupo Virgin que ahora está en Chile, quien sostiene:
“Tenemos que ‘reinventar’ el capitalismo, al que sigo considerando
como el mejor de los sistemas. Creo realmente que el capitalismo ha
ayudado a mucha gente a mejorar sus vidas, lo que ocurre es que en los
últimos tiempos ha perdido el camino (….) Hay que ‘humanizar’ el
capitalismo y acabar con la idea de que una cosa es hacer el bien y otra
muy distinta es hacer negocios”.
Él plantea dejar aflorar el “espíritu emprendedor” bajo nuevas
fórmulas, para evitar que el sistema se venga abajo. Y puntualiza: “Yo
nunca busco el dinero directamente. Soy de la teoría de que
contribuyendo a la sociedad, el dinero viene después por sí solo”.
Pues bien, contrariamente a estas declaraciones, en el capitalismo la
acumulación de riqueza adicional es la finalidad directa y motivo
determinante de la producción, no así el contribuir a la sociedad ni
resolver necesidades humanas. Es un principio ciego, “se acumula capital
a fin de acumular más capital. Los capitalistas son como ratones en una
rueda, que corren cada vez más deprisa a fin de correr aún más
deprisa”, plantea el sociólogo Inmanuel Wallerstein. La acumulación
privada y egoísta es el fin endógeno al capitalismo sin el cual no es
tal. Aun cuando el discurso reformador y autoflagelante de la nueva ola
empresarial fuese sincero, las presiones competitivas empujan a las
empresas a enriquecer a sus dueños antes de cualquier otra
consideración.
Por otro lado, están los ortodoxos que sí reconocen el principio del
lucro como fin último, pero a la vez legitiman su utilidad social, según
el axioma de que la acumulación privada de capitales por parte de unos,
coordina y resuelve de forma óptima las necesidades de todos.
Ese axioma ha organizado la valoración pública del sector privado
hasta el día de hoy, pero no concuerda con la vida de la mayoría que
trabaja para vivir.
Consideremos lo que ha sucedido en un ‘país modelo’ como Chile
durante sus últimos 40 años de maduración del capitalismo, donde el
edificio institucional de la dictadura, que continúa vigente hasta hoy,
brindó una oportunidad inédita para la acumulación de capital.
Este edificio prometía ser un boleto de prosperidad, lo que en el
período dorado de 1990-1997, se vio legitimado por efecto del aumento de
los salarios (sueldo mínimo sube un 30 % entre 1990-1993), la
disminución de la tasa de pobreza (entre 1990 y 1998, cae en un 44 %, la
ampliación de la cobertura de la educación (prácticamente universal en
básica, del 90 % en la enseñanza media y una tasa promedio anual de
aumento de matrícula universitaria del 11 %) y la integración al consumo
mediante la deuda (se integran los sectores populares al sistema de
crédito, llegando a constituir el 66,2 % del total de deudores en 1995).
Todo esto hizo soportable el saldo creciente de desigualdad.
Pero luego de la crisis asiática nada volvió a ser igual y se dejó
ver la fractura detrás de la fachada: los resultados ‘inclusivos’
mostraron que no eran sustentables ni garantías de buena calidad de
vida. El trabajo, la salud, la educación y la vivienda, estaban
asentados en un débil equilibrio y pronto se vieron degradados, al
tiempo que la desigualdad se hizo más intolerable. Entre 1990 y 2011, la
brecha en ingresos autónomos entre el 5 % más rico y 5 % más pobre en
Chile subió de 130 a 260 veces (Casen 1990-2011), revelando que,
definitivamente, no todos crecen cuando Chile crece.
Hoy, aún volviendo a cifras de crecimiento pre-crisis asiática y
habiendo aumentado los empleos durante los últimos dos años, el 50 % de
los trabajadores gana menos de $ 251.000 (Casen, 2011). Y el problema no
es que ‘falte productividad’ o ‘trabajar más duro’ como sostiene el
capitalismo de cátedra (“los salarios aumentan en proporción a los
aumentos en productividad”). La evolución de los últimos 20 años dice
todo lo contrario: mientras la productividad del trabajo (PIB dividido
por horas trabajadas) ha aumentado en un 90 %, los salarios reales
crecieron sólo en un 20 % (en base a Banco Central e INE), es decir,
hubo un 70 % de incremento en productividad que fue apropiado por los
empresarios.
Se puede argumentar que Chile no es el mejor ejemplo, ya que por su
radicalidad (neo) liberal es más destructivo socialmente, mientras
existen administraciones más ‘inclusivas’ del capitalismo. El problema,
bajo esta óptica, sería el modelo de administración del capitalismo y no
el capitalismo en sí. No obstante, dentro de los muchos problemas
estructurales que el capitalismo efectivamente enfrenta, hay uno que es
especialmente grosero y del cual no están exentos ni siquiera los países
‘inclusivos’: unos pagan el costo del bienestar ajeno. En efecto, aún
habiendo cierta igualdad en un país, los costos sociales se derivan a
otras partes del mundo (considérese lo ocurrido con las colonias o con
las empresas instaladas en el Tercer Mundo). La sola evidencia de las
crisis financieras, cada vez más recurrentes y que el propio capitalismo
crea, muestra que los países más desarrollados tampoco son inmunes a
las grandes debacles sociales, en donde quienes pagan son los sectores
populares y no los que las producen —los bancos y especuladores—.
La fórmula ganar-ganar detrás de las nuevas ideas de “reinvención del
capitalismo”, en que las empresas aportan a la comunidad pero “sin
perder beneficios económicos”, son una tergiversación de esa situación y
en nada ayudan a cambiarla. Desde otra vereda, en cambio, distintas
visiones igualitaristas y anticapitalistas, de “vida plena”, “buen
vivir” o socialización de la riqueza desde abajo, están también
empezando a causar eco e instan a que la producción se oriente a la
resolución de las necesidades humanas y no bajo la ley del valor, hacia
una libertad sustantiva y no hacia la libertad abstracta de los
liberales (en la cual, en realidad, elige quien “puede” y no quien
“quiere”).
Una cosa es clara: el hecho de que sean los propios capitalistas
quienes se alarmen y congreguen para resolver los problemas sociales y
ambientales del capitalismo ante el riesgo de su obsolescencia, indica
que sus secuelas son reales y profundas y que sus dueños saben muy bien
que este sistema es una construcción social y no un dato de la
naturaleza como se pinta. En otras palabras, que está sujeto a la
transitoriedad histórica.
Fuente: http://www.elmostrador.cl/opinion/2013/04/16/la-reinvencion-del-capitalismo/
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lunes, 15 de abril de 2013
Las Catedrales del Consumo
04/02/08
Por Javier Garcés Prieto
El desarrollo de las “ciudades del consumo” ha transformado la geografía urbana y los hábitos de consumo y de vida de los ciudadanos. Es la manifestación más evidente de la globalización
comercial. Por ello se considera que son las “catedrales” de la nueva
“religión del consumo” que se extiende por todo el planeta.
El desarrollo de las “ciudades del consumo” ha transformado la geografía urbana y los hábitos
de consumo y de vida de los ciudadanos. En cualquier lugar del planeta
es posible encontrar, con la misma arquitectura y distribución de
espacios, grandes superficies y macrocentros de comercio y ocio. Es la manifestación más evidente de la globalización
comercial. Por ello se considera que son las “catedrales” de la nueva
“religión del consumo” que se extiende por todo el planeta.
Algunas de las transformaciones de la sociedad de consumo
les han podido pasar inadvertidas a las personas que las han vivido.
Pero existe un fenómeno que, por su rápida y extensa implantación, nadie
ha podido dejar de advertir: la progresiva desaparición de las tiendas
tradicionales y el nacimiento de los nuevos centros comerciales.
Si el autoservicio fue el primer paso en la evolución de los sistemas
de distribución y venta, el desarrollo de las “ciudades de comercio y
del ocio”
es, junto con la generalización del comercio electrónico, el último
paso de esta evolución. En España el primer hipermercado se puso en
marcha en el año 1973 y en 1980 comenzó la implantación de los macrocentros
que reúnen en un mismo espacio, con unidad de servicios (aparcamientos,
vigilancia, zonas de paso, etc.), una amplia oferta que incluye grandes
superficies, tiendas de todo tipo, cines, oficinas bancarias,
restaurantes, etc. Desde entonces su expansión ha sido (y continúa
siendo) espectacular, y se han extendido por todo el mundo transformando
la geografía urbana y los hábitos de consumo y de vida de los ciudadanos.
Una nueva filosofía de vida: “comprar por comprar”
El desarrollo de estos macrocentros
comerciales es el producto de una profunda transformación del
significado de la compra. Para los economistas clásicos las personas
tendrían necesidades que cubrir (alimentación, vestido, salud, etc.) y
recursos económicos escasos. Por ello deberían buscar las mejores
decisiones de compra para obtener las cosas necesarias con los menores
costes posibles.
Pero las estrategias comerciales y publicitarias han transformado la
emocionalidad y los valores de los consumidores actuales, cuyos
comportamientos resultan ya muy poco racionales. Pueden recorrer
kilómetros para ir a un hipermercado y ahorrarse unos céntimos (sin
tener en cuenta el tiempo y el dinero que gastan en su desplazamiento) y
acabar con un carro lleno de cosas superfluas, compradas para
aprovechar “magníficas oportunidades” de hacerse con productos que nunca
habrían pensado comprar, ni necesitan.
Los comerciantes saben que, cada vez con más frecuencia, no son las
necesidades las que impulsan a la compra, sino que la compra es un fin
en sí mismo. El consumidor necesita comprar, aunque no necesite lo que
compra. Si no fuera así, en las sociedades desarrolladas, en que las
personas tienen cada vez mas cubiertas sus necesidades, llegaría un
momento en que disminuiría sus compras. Pero la realidad es que cuando
esto debiera suceder, el consumidor busca o asume continuamente las
“nuevas necesidades” que la sociedad de consumo le ofrece, y sigue comprando, incluso más cada día.
Estrategias comerciales de incitación al consumo
Para este nuevo consumidor no sirve el comercio tradicional, en el que
se entra en la tienda sabiendo lo que se necesita y buscándolo. En los centros comerciales
actuales el consumidor entra sin una idea clara de lo quiere comprar o
incluso sin querer comprar nada. El deseo de comprar y la decisión de
llevarlo a cabo va a surgir dentro del establecimiento.
Por ello el comercio no es ya un espacio cerrado en el que alguien
pregunta, tras un mostrador “¿qué quiere Vd.?”. Esta pregunta retraería a
los consumidores que entran buscando ver algún producto que les
despierte el impulso de compra. Los comercios se han convertido en un
lugar de estancia, de paseo, de distracción, que se juntan creando
calles y galerías, artificiales pero acogedoras, en una especie de
intermedio calle/tienda por la que pueda pasear entre bancos, plantas y
árboles artificiales. En estas “calles” encontrará tiendas pequeñas,
medianas, grandes almacenes e hipermercados y también cines, restaurantes y discotecas o lugares de ocio.
La premisa es muy sencilla: cuanto más tiempo pase una persona en estos
centros y más espacio de ellos recorra, más productos verá, más
tentaciones recibirá y, por lo tanto, más comprará.
Hay que señalar que la sensación de comprar en libertad que ofrecen los actuales centros comerciales
esconde unas posibilidades de manipular y dirigir la conducta de los
consumidores en beneficio de los comerciantes como nunca antes había
existido. Mediante la estudiada organización y distribución de sus
espacios, elementos y productos, así como la preparación del entorno, se
incita al consumidor a comprar y se trata además de que esta compra se
dirija a determinados artículos. Son los “trucos de los comercios” de
los que vamos a señalar algunos de los más frecuentes en las grandes
superficies:
- Los comerciantes cuidan hasta los más mínimos detalles de su establecimiento: los colores, la iluminación e incluso la música ambiental. Tratan así de atraer al consumidor y hacerle sentir en un ambiente agradable y apropiado para el consumo. También la ausencia de referencias exteriores de espacio y tiempo (no suele haber ni relojes visibles ni ventanas) contribuyen a este efecto. Por otro lado, el simple hecho de estar rodeado de personas que compran produce un intenso efecto de imitación y contagio colectivo en la mayoría de los consumidores.
- Colocar los artículos de primera necesidad y de venta más frecuente (pan, leche, aceite, etc.) en lugares distantes entre sí, para que el consumidor recorra largos espacios en el establecimiento.
- Dirigir el “flujo de la visita” del modo más amplio posible para que los consumidores pasen por un mayor número de secciones y tengan mayores tentaciones de compra. Para ello se colocan al fondo de los locales determinados “cebos” y artículos de más demanda o se sitúan las entradas y las salidas de los establecimientos distantes entre sí.
- Los artículos que se desean vender se colocan en los estantes intermedios, a la altura de los ojos, para atraer la atención del consumidor. Los artículos colocados en los lugares altos y bajos de las estanterías difícilmente son vistos.
- Se colocan los productos que se desea vender junto a otros más caros (para que parezcan baratos) o en una posición intermedia entre otros extremadamente caros o baratos.
- Los establecimientos se distribuyen en pasillos largos, sin cortes y relativamente estrechos, en los que es difícil dar la vuelta con el carro, a menudo de grandes dimensiones, para estimular la compra. El consumidor, una vez que entra en un pasillo con su carro, está obligado a recorrerlo hasta el final, sin poder retroceder o desviarse.
- Las “cabeceras” de los lineales son lugares muy preferentes ya que para dar la vuelta el consumidor debe disminuir la velocidad de su marcha y prestar atención a lo que le rodea. Por eso es allí donde se colocan la mayoría de las ofertas.
- Colocar atractivos carteles o reclamos que hacen referencia al precio o las características del producto con grandes o llamativos caracteres. La simple visión de estos anuncios de “falsas ofertas” tienta a muchos consumidores, aunque desconozcan si se trata o no de una buena compra.
- Al lado de las cajas de pago se colocan artículos de capricho, puesto que es fácil que al acabar todas las compras previstas, y mientras se está haciendo fila para pagar, el consumidor compre por “impulso” este tipo de productos.
La efectividad de todo este tipo de técnicas está ampliamente
contrastada. Como prueba de su éxito se puede señalar que entre el 40 y
el 70 por ciento de las decisiones de compra se toman dentro de los centros comerciales
y muchas de ellas se refieren a productos que el consumidor no tenía
previsto comprar cuando entró en el establecimiento. Además, el 95 por
ciento de los consumidores que entran en una gran superficie sin una
idea definida de lo que quieren comprar o simplemente “para mirar”,
terminan realizando alguna compra.
Efectos psicológicos y sociales de los nuevos establecimientos comerciales
Si antes los comercios se instalaban en las calles de la ciudad, ahora
las tiendas han creado sus propias calles: las galerías se convierten en
ciudades y construyen un nuevo mundo centrado en el consumo. Son falsas
ciudades pero imitan a las reales: es fácil aparcar, se siente
seguridad y todo está pensado para resultar acogedor y seductor para
propiciar la compra. El peligro de dejarse arrastrar por esta seducción
es evidente, sobre todo para los niños y jóvenes que los eligen como
lugares donde pasar la mayoría de sus ratos de ocio.
Sin pisar la calle, familias enteras pasan del aparcamiento de su casa
al del centro comercial, y una vez allí pasean, miran escaparates,
compran, van al cine o comen en un restaurante, y, así, sin salir de
este espacio cerrado, pasan mañanas y tardes enteras. Parece que el
ciudadano ha olvidado que han sido creados buscando en cada detalle sólo
aquello que pueda hacerlos más atractivos y rentables desde el punto de
vista comercial, es decir, más incitantes a la compra.
Ciertamente la gran atracción de estos macrocentros
se explica, en gran parte, por los aspectos negativos de las grandes
ciudades en las que a menudo lo único cercano y fácilmente accesible son
esos grandes centros, abiertos muchas horas, a los que se puede ir sin
avisar y en los que se aparca con facilidad. Las ciudades actuales son
cada vez más inhumanas y menos propicias para el contacto con otras
personas. Ver a amigos o familiares resulta en ellas mucho más difícil e
incómodo que acudir al centro comercial más cercano.
Pero el consumidor no es consciente de los efectos que supone pasar una
gran parte de su vida en esas “ciudades interiores” creadas por el
comercio. Permanecer horas y horas rodeados de escaparates, tiendas y
reclamos comerciales tiene una repercusión intensa sobre cualquier
persona. Consciente o inconscientemente se acaba asumiendo una visión
consumista de la vida, en la que la felicidad y el éxito social depende
de lo que uno compre, y en el que no es posible divertirse sin gastar
dinero.
La generalización del uso de estos macrocentros comerciales como lugares
de ocio acaba cerrando el abanico de intereses no consumistas de las
personas y de la sociedad. Muchos consumidores afirman que van a estos
centros porque allí “hay de todo”. Obviamente no es verdad que “haya de
todo”. Cada metro de estos lugares está pensado en función de su
rentabilidad económica, y por lo tanto dejan fueran todo lo que no
produce -directa o indirectamente- beneficio económico. Será difícil
encontrar en ellos, por ejemplo, exposiciones de arte, bibliotecas,
salas de conferencias o lugares de estancias o encuentro social en los
que no sea preciso consumir.
Otra triste consecuencia de lo anterior es que las calles de las
ciudades pierden su tradicional importancia como lugares de estancia y
encuentro y los ciudadanos las usan sólo como lugares de paso (muchas
veces en coche) entre las viviendas y los centros comerciales.
Encerrados en estas artificiales “ciudades” del comercio, ignoran las
ofertas de ocio y cultura no consumista que les pueda ofrecer su ciudad y
alejan las posibilidades de desarrollo urbano más humano, en el que la
vida y el contacto con otras personas suceda en espacios abiertos y
públicos.
No se ha reflexionado suficientemente sobre lo que supone el triunfo de
esas “ciudades interiores” creadas por el comercio. Aunque la sensación
de soledad, inseguridad y falta de alicientes que siente el moderno
“urbanita” encuentre alivio en ellos, le arrastra a un estilo de vida
materialista e insatisfactorio. El auténtico progreso debería conducir a
un desarrollo humano menos superficial, más pleno y más sostenible.
* Javier Garcés Prietoes psicólogo, profesor de Psicología del
Consumidor y presidente de la Asociación de Estudios Psicológicos y
Sociales. Este artículo ha sido publicado en el nº 29 de la revista
Pueblos, diciembre de 2007. - http://www.revistapueblos.org
Fuente:
http://www.ecoportal.net/Temas_Especiales/Desarrollo_Sustentable/Las_Catedrales_del_Consumo
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Quieren ampliar mancha urbana y estudio dice que no es necesario
Por Gisela Alcócer Caero - Los Tiempos - 14/04/2013
Ed. Impresa
CRECIMIENTO | La Ley de Regularización del
Derecho Propietario Urbano alentó la especulación sobre la tierra. Pues,
el paso de tierra agrícola a urbana representa un incremento de más del
100 por ciento de los terrenos
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| Quieren ampliar mancha urbana y estudio dice que no es necesario - Los Tiempos | Usuario |
“Nunca volveremos a ser el granero de Bolivia con esta acelerada
urbanización”, dijo la investigadora del Centro de Documentación e
Información Bolivia (Cedib), Scarlet Torrico, luego de conocer que en el
municipio de Cercado aprobó la ampliación de la mancha urbana sobre
14.000 hectáreas y que Sacaba pretende hacer lo mismo sobre otras 9.810
hectáreas.
La decisión de convertir en zonas
urbanas, las regiones que tradicionalmente sirvieron para el cultivo es
una tendencia que se está generando en varios municipios de la región
metropolitana, como consecuencia de la promulgación de la Ley 247 de
Regularización del Derecho Propietario Urbano.
La
norma, promulgada el 5 de junio del 2012, aceleró los procesos de
ampliación de la mancha urbana porque simplifica los trámites
establecidos para la ampliación de las ciudades, debido a que ya no
contempla la obligación de elaborar un Plan Municipal de Ordenamiento
Territorial (PMOT).
Sin embargo, un estudio
realizado por el Centro de Planificación y Gestión (Ceplag), para el
Plan Metropolitano de Agua Potable y Alcantarillado, establece que la
metrópoli no necesita crecer por el momento.
La
directora del Ceplag, Carmen Ledo, dijo: “Nosotros proponemos que no
debería crecer ni una hectárea más, ni una. Eso es lo ideal, porque se
trata de un valle semidesértico en el que llueve sólo 70 días al año”,
dijo la investigadora.
El estudio hace un análisis
de la densidad demográfica de los siete municipios que forman el eje
metropolitano del departamento, con los datos extraídos del último censo
realizado en el país y establece que la densidad demográfica en el
municipio del Cercado es de 87 habitantes por cada 10.000 metros
cuadrados. En Sacaba la densidad es de 75 habitantes en la misma
cantidad de metros cuadrados; en Quillacollo es de 76; en Tiquipaya es
de 96; en Colcapirhua 87; en Vinto 37; y en Sipe Sipe de 40.
Esto
significa que en 2012, en los siete municipios del área metropolitana
de Cochabamba, vivían 1.536.145 personas, sobre un territorio de 18.919
hectáreas, con una densidad promedio de 81 habitantes por cada 10.000
metros cuadrados.
Estas cifras demuestran que no se
necesita ampliar en ninguna de estas poblaciones, pues en las actuales
manchas urbanas hay suficiente espacio para construir nuevas viviendas,
explicó Ledo. Aseguró que lo que se necesita ahora es planificar un
crecimiento inteligente, en el que se priorice la densificación de los
territorios que ya están poblados.
A pesar de ello,
en el Cercado este proceso de ampliación se inició el 26 de febrero de
este año con la promulgación de una ordenanza elaborada bajo presión de
las personas asentadas en el Distrito 9, que determinó que se podrán
urbanizar 12.151 hectáreas de las 13.944 que se incluyeron dentro de la
mancha urbana.
“El Distrito 9 comprende casi el 50
por ciento del territorio del municipio de Cercado y es así de grande
precisamente, porque era el área agrícola de Cochabamba destinada a la
producción de alimentos”, dijo la representante del Cedib, quien además
recordó que precisamente por las enormes dimensiones territoriales con
las que cuenta, en el pasado, se pretendía convertir en un nuevo
municipio.
Una situación similar se vive en el
municipio de Sacaba, donde según informó la asesora jurídica de la
Alcaldía, Patricia Sánchez, el Concejo Municipal ya aprobó la ampliación
de la mancha urbana en los distritos 3 y 5, que abarcan la zona de El
Abra.
Los concejos municipales de Vinto y Tiquipaya
también evalúan la ampliación de su área urbana y las propuestas que se
están debatiendo giran en torno a la posibilidad de urbanizar
absolutamente todo su territorio. “Esta situación nos preocupa, porque
los terrenos de ambos municipios son de alta calidad agrícola y si los
urbanizan, entonces vamos a poner en riesgo nuestra seguridad
alimentaria”, dijo el técnico del Cedib, Miguel Miranda.
Los
investigadores del Cedib coincidieron en señalar que la nueva Ley de
Regularización del Derecho Propietario provocó una aceleración en los
procesos de especulación de la tierra. Pues, el paso de tierra agrícola a
zona urbana representa un incremento de más del 100 por ciento en el
valor de los terrenos.
“La mayoría de los campesinos
piensan que ésta es su oportunidad para salir de la pobreza, vender las
hectáreas que el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) saneó,
hacer un capital y dedicarse a una nueva actividad”, dijo Torrico.
Recordó que “los terrenos saneados por el INRA, que quieren
comercializarse fueron entregados de forma gratuita”.
Mancha urbana debería crecer dentro de 23 años
La
investigación elaborada por el Ceplag establece, con cifras sobre la
previsión del crecimiento poblacional, que el área metropolitana de
Cochabamba podría ampliarse en 4.743 hectáreas pero hasta el 2036, es
decir, dentro de 23 años. Se estima que entonces vivirán en los siete
municipios de la conurbación 2.796.268 habitantes, en un territorio de
23.662 hectáreas, con una densidad promedio de 118 habitantes por cada
10.000 metros cuadrados.
Este estudio revela que sin
la ampliación de la mancha urbana, la superficie total para el uso
agrícola es de unas 6.105 hectáreas, que esperan la conclusión de
Misicuni para contar con agua.
El miembro del Comité
de Defensa del Medio Ambiente Cochabamba (Codac), Jaime Ponce, explicó
que las ampliaciones que se quieren hacer en todos estos municipios,
bajo el amparo de la nueva Ley de Regularización del Derecho
Propietario, además de disminuir las zonas de producción agrícola,
también provocarán un incremento en los costos de dotación de los
servicios básicos, que deberán ser asumidos por las alcaldías.
LA LEY 247
El artículo 6 de la Ley 247 dice:
a. Los Gobiernos Autónomos Municipales a efectos de la regularización del derecho propietario, que apliquen la presente Ley, deberán delimitar sus radio de áreas urbanas en un plazo no mayor a un año a partir de su publicación.
b. Remitir al Ministerio de Planificación del Desarrollo, los documentos para la correspondiente tramitación de la homologación de los radios urbanos o áreas urbanas, cuya sustanciación tendrá un plazo no mayor a tres meses siempre y cuando se cumplan con todos los requisitos.
c. Hacer públicos los resultados de la regularización del derecho de propiedad sobre bienes inmuebles urbanos.
d. Mantener y actualizar en forma permanente y obligatoria la información catastral, respecto a la regularización del derecho propietario sobre bienes urbanos.
e. Aprobar planimetrías producto de los procesos de regularización, reconociendo áreas públicas resultantes de la consolidación física del asentamiento, exceptuando las áreas sujetas a revisión.
f. Registrar en las oficinas de Derechos Reales las áreas de cesión en el porcentaje existente físicamente en el sector, hasta obtener la matriculación del inmueble y Folio Real que corresponda una vez aprobadas las planimetrías en la regularización.
g. Verificar las características y contenidos de los títulos de propiedad, planos, certificados.
Fuente: http://www.lostiempos.com/diario/actualidad/local/20130414/quieren-ampliar-mancha-urbana-y-estudio-dice-que-no-es_209240_448799.html
El artículo 6 de la Ley 247 dice:
a. Los Gobiernos Autónomos Municipales a efectos de la regularización del derecho propietario, que apliquen la presente Ley, deberán delimitar sus radio de áreas urbanas en un plazo no mayor a un año a partir de su publicación.
b. Remitir al Ministerio de Planificación del Desarrollo, los documentos para la correspondiente tramitación de la homologación de los radios urbanos o áreas urbanas, cuya sustanciación tendrá un plazo no mayor a tres meses siempre y cuando se cumplan con todos los requisitos.
c. Hacer públicos los resultados de la regularización del derecho de propiedad sobre bienes inmuebles urbanos.
d. Mantener y actualizar en forma permanente y obligatoria la información catastral, respecto a la regularización del derecho propietario sobre bienes urbanos.
e. Aprobar planimetrías producto de los procesos de regularización, reconociendo áreas públicas resultantes de la consolidación física del asentamiento, exceptuando las áreas sujetas a revisión.
f. Registrar en las oficinas de Derechos Reales las áreas de cesión en el porcentaje existente físicamente en el sector, hasta obtener la matriculación del inmueble y Folio Real que corresponda una vez aprobadas las planimetrías en la regularización.
g. Verificar las características y contenidos de los títulos de propiedad, planos, certificados.
Fuente: http://www.lostiempos.com/diario/actualidad/local/20130414/quieren-ampliar-mancha-urbana-y-estudio-dice-que-no-es_209240_448799.html
sábado, 23 de marzo de 2013
viernes, 22 de marzo de 2013
El animal urbano: densidad de población y patología social en roedores y en el ser humano - Edmund Ramsden (2009)
School of Humanities and Social Science, University of Exeter, Rennes Drive, Exeter, EX4 4RJ, England.
En un número de Scientific American de 1962, el ecólogo John B. Calhoun presentó los resultados de una macabra serie de experimentos llevados a cabo en el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) de los Estados Unidos de América.[1]Colocó a varias ratas de laboratorio en un entorno en el que, protegidas de enfermedades y predadores, y provistas de agua, comida y cobijo, se reprodujeron rápidamente. Lo único que les faltaba era espacio, problema que se fue agudizando a medida que lo que a él le gustaba llamar su "ciudad de ratas" o "utopía de roedores" se fue superpoblando. La frecuencia de los contactos sociales no deseados aumentó, produciendo un incremento del estrés y las agresiones. Según los trabajos del fisiólogo Hans Selye, el sistema adrenal ofrecía la solución dicotómica tradicional: luchar o huir.[2] Pero en ese entorno cerrado la huída era imposible. La violencia aumentó rápidamente hasta quedar fuera de control. Le siguieron el canibalismo y el infanticidio. Los machos se volvieron hipersexuales, pansexuales y, con frecuencia creciente, homosexuales. Calhoun llamó a esta vorágine “hundimiento conductual”. La población se redujo, acercándose a la extinción. Al final de los experimentos, los pocos animales que quedaban habían sobrevivido con un costo psicológico inmenso: sin actividad sexual y totalmente retraídos se apiñaban en una masa sin ocupación. Incluso después de reintroducirlos en comunidades normales de roedores, estos animales “socialmente autistas” permanecían aislados hasta la muerte. En palabras de uno de los colaboradores de Calhoun, la “utopia” había bajado a los “infiernos”.[3]
Los experimentos de Calhoun con ratas y ratones tuvieron una influencia enorme. Sus hallazgos causaron preocupación en aspectos como el crecimiento de la población, la degradación medioambiental o la violencia urbana. En el marco de un proyecto sobre la historia del estrés, Jon Adams de la London School of Economics y yo hemos seguido el traslado de los datos sobre la patología del hacinamiento generados en los laboratorios de roedores del NIMH a otros entornos ―edificios, instituciones y ciudades― por especialistas en ciencias sociales, urbanistas, arquitectos y médicos. Mientras los sociólogos urbanos y los psiquiatras sociales han explorado las relaciones entre la densidad de población y la patologías en sus estudios estadísticos, los psicólogos ambientales se centraron en el laboratorio y entornos como las prisiones, escuelas y hospitales. Los médicos y los especialistas en ciencias sociales se vieron atraídos por la posibilidad de obtener datos sobre las consecuencias importantes de una variable física y mensurable, la densidad de población, que exigían respuestas políticas. Muchos ya habían empezado a utilizar las ratas de Calhoun en apoyo de los programas de planificación familiar o en la mejora de las características físicas de las ciudades.[4]
Sin embargo, los resultados de los estudios humanos sobre el hacinamiento no fueron homogéneos. En una serie de influyentes experimentos del psicólogo Jonathan Freedman, individuos empleados para llevar a cabo tareas en diferentes condiciones de densidad de población presentaron pocas patologías.[5] El centro de atención cambió de la simple identificación de las consecuencias patológicas de la densidad de población a los factores mediadores de sus efectos. A ello contribuyó la distinción entre "densidad" como medida física y "hacinamiento" como respuesta subjetiva.[6] El hecho de sentirse hacinado era determinado por una serie de factores sociales y psicológicos: el nivel de privacidad deseado por cada individuo, su capacidad para controlar las situaciones o su papel social. Aunque el aumento de la densidad de población fuera inevitable, el ser humano era capaz de hacer frente al hacinamiento.
Sin embargo, esto no significa que las investigaciones de Calhoun fueran rechazadas. Los investigadores reconocieron que los trabajos de Calhoun no trataban simplemente de la densidad en sentido físico, es decir, del número de individuos por unidad de superficie, sino también de los grados de interacción social. Reduciendo las interacciones no deseadas gracias a un mejor diseño del espacio ―por ejemplo, ofreciendo celdas individuales a los prisioneros o zonas independientes a los pacientes― podía evitarse el estrés relacionado con el hacinamiento.[7] Este fue el centro de atención de las investigaciones posteriores de Calhoun. Mejorando el diseño y aumentando el control, intentó crear comunidades de roedores más colaborativas y adaptables, capaces de soportar mayores densidades de población.[8]
La persistencia de los problemas de hacinamiento en las prisiones o de la congestión de los transportes aseguran la importancia del tema del estrés relacionado con el hacinamiento, pero a menudo no se reconoce plenamente la importancia de los experimentos de Calhoun. Hacia el final de su carrera, Calhoun, fallecido en 1995, estaba consternado por el hecho de que sus trabajos se asociaran con un mensaje simplista y negativo (la gran densidad de población equivale a patología) que hacía que su contribución se viera no sólo como errónea en el contexto humano, sino también peligrosa. Como han señalado los sociólogos Fischer y Baldassare, en el pensamiento contemporáneo predomina una visión extremadamente negativa, monstruosa incluso, de la vida urbana.[9] El hecho de centrarse en el hacinamiento no sólo ha hecho que se olvidaran los beneficios de la vida en ciudades con gran densidad de población, sino que se prestara menos atención de la debida a otras causas de patología urbana, como la pobreza o las desigualdades. No obstante, los trabajos de Calhoun tuvieron en cuenta muchos de estos factores e indicaron que podrían superarse, por lo que su papel merece ser reexaminado. ■
Correspondencia: Edmund Ramsden (e-mail: E.Ramsden@exeter.ac.uk).
Boletín de la Organización Mundial de la Salud 2009;87:82-82. doi: 10.2471/BLT.09.062836
Referencias
Calhoun JB. Population density and social pathology. Sci Am 1962; 306: 139-48.
Selye H. A syndrome produced by diverse nocuous agents. Nature 1936; 138: 32- doi: 10.1038/138032a0.
Marsden HM. Crowding and animal behavior. In: Wohlwill JF, Carson D, eds.Environment and the social sciences: perspectives and applications. Washington, DC: American Psychological Association;1972.
Mumford L. The urban prospect. New York, NY: Harcourt, Brace & World; 1968.
Freedman JL. Crowding and behavior. San Francisco, CA: WH Freeman; 1975.
Stokols D. On the distinction between density and crowding: some implications for future research. Psychol Rev 1972; 79: 275-7 doi:10.1037/h0032706 pmid: 5056743.
Paulus P. Prison crowding: a psychological perspective. Berlin: Springer-Verlag;1988.
Calhoun JB. Space and the strategy of life. In: Esser AH, ed. Behavior and environment. New York, NY: Plenum Press;1971.
Fischer CS, Baldassare M. How far from the madding crowd? New Soc 1975; 32: 531-3.
En un número de Scientific American de 1962, el ecólogo John B. Calhoun presentó los resultados de una macabra serie de experimentos llevados a cabo en el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) de los Estados Unidos de América.[1]Colocó a varias ratas de laboratorio en un entorno en el que, protegidas de enfermedades y predadores, y provistas de agua, comida y cobijo, se reprodujeron rápidamente. Lo único que les faltaba era espacio, problema que se fue agudizando a medida que lo que a él le gustaba llamar su "ciudad de ratas" o "utopía de roedores" se fue superpoblando. La frecuencia de los contactos sociales no deseados aumentó, produciendo un incremento del estrés y las agresiones. Según los trabajos del fisiólogo Hans Selye, el sistema adrenal ofrecía la solución dicotómica tradicional: luchar o huir.[2] Pero en ese entorno cerrado la huída era imposible. La violencia aumentó rápidamente hasta quedar fuera de control. Le siguieron el canibalismo y el infanticidio. Los machos se volvieron hipersexuales, pansexuales y, con frecuencia creciente, homosexuales. Calhoun llamó a esta vorágine “hundimiento conductual”. La población se redujo, acercándose a la extinción. Al final de los experimentos, los pocos animales que quedaban habían sobrevivido con un costo psicológico inmenso: sin actividad sexual y totalmente retraídos se apiñaban en una masa sin ocupación. Incluso después de reintroducirlos en comunidades normales de roedores, estos animales “socialmente autistas” permanecían aislados hasta la muerte. En palabras de uno de los colaboradores de Calhoun, la “utopia” había bajado a los “infiernos”.[3]
Los experimentos de Calhoun con ratas y ratones tuvieron una influencia enorme. Sus hallazgos causaron preocupación en aspectos como el crecimiento de la población, la degradación medioambiental o la violencia urbana. En el marco de un proyecto sobre la historia del estrés, Jon Adams de la London School of Economics y yo hemos seguido el traslado de los datos sobre la patología del hacinamiento generados en los laboratorios de roedores del NIMH a otros entornos ―edificios, instituciones y ciudades― por especialistas en ciencias sociales, urbanistas, arquitectos y médicos. Mientras los sociólogos urbanos y los psiquiatras sociales han explorado las relaciones entre la densidad de población y la patologías en sus estudios estadísticos, los psicólogos ambientales se centraron en el laboratorio y entornos como las prisiones, escuelas y hospitales. Los médicos y los especialistas en ciencias sociales se vieron atraídos por la posibilidad de obtener datos sobre las consecuencias importantes de una variable física y mensurable, la densidad de población, que exigían respuestas políticas. Muchos ya habían empezado a utilizar las ratas de Calhoun en apoyo de los programas de planificación familiar o en la mejora de las características físicas de las ciudades.[4]
Sin embargo, los resultados de los estudios humanos sobre el hacinamiento no fueron homogéneos. En una serie de influyentes experimentos del psicólogo Jonathan Freedman, individuos empleados para llevar a cabo tareas en diferentes condiciones de densidad de población presentaron pocas patologías.[5] El centro de atención cambió de la simple identificación de las consecuencias patológicas de la densidad de población a los factores mediadores de sus efectos. A ello contribuyó la distinción entre "densidad" como medida física y "hacinamiento" como respuesta subjetiva.[6] El hecho de sentirse hacinado era determinado por una serie de factores sociales y psicológicos: el nivel de privacidad deseado por cada individuo, su capacidad para controlar las situaciones o su papel social. Aunque el aumento de la densidad de población fuera inevitable, el ser humano era capaz de hacer frente al hacinamiento.
Sin embargo, esto no significa que las investigaciones de Calhoun fueran rechazadas. Los investigadores reconocieron que los trabajos de Calhoun no trataban simplemente de la densidad en sentido físico, es decir, del número de individuos por unidad de superficie, sino también de los grados de interacción social. Reduciendo las interacciones no deseadas gracias a un mejor diseño del espacio ―por ejemplo, ofreciendo celdas individuales a los prisioneros o zonas independientes a los pacientes― podía evitarse el estrés relacionado con el hacinamiento.[7] Este fue el centro de atención de las investigaciones posteriores de Calhoun. Mejorando el diseño y aumentando el control, intentó crear comunidades de roedores más colaborativas y adaptables, capaces de soportar mayores densidades de población.[8]
La persistencia de los problemas de hacinamiento en las prisiones o de la congestión de los transportes aseguran la importancia del tema del estrés relacionado con el hacinamiento, pero a menudo no se reconoce plenamente la importancia de los experimentos de Calhoun. Hacia el final de su carrera, Calhoun, fallecido en 1995, estaba consternado por el hecho de que sus trabajos se asociaran con un mensaje simplista y negativo (la gran densidad de población equivale a patología) que hacía que su contribución se viera no sólo como errónea en el contexto humano, sino también peligrosa. Como han señalado los sociólogos Fischer y Baldassare, en el pensamiento contemporáneo predomina una visión extremadamente negativa, monstruosa incluso, de la vida urbana.[9] El hecho de centrarse en el hacinamiento no sólo ha hecho que se olvidaran los beneficios de la vida en ciudades con gran densidad de población, sino que se prestara menos atención de la debida a otras causas de patología urbana, como la pobreza o las desigualdades. No obstante, los trabajos de Calhoun tuvieron en cuenta muchos de estos factores e indicaron que podrían superarse, por lo que su papel merece ser reexaminado. ■
Correspondencia: Edmund Ramsden (e-mail: E.Ramsden@exeter.ac.uk).
Boletín de la Organización Mundial de la Salud 2009;87:82-82. doi: 10.2471/BLT.09.062836
Referencias
Calhoun JB. Population density and social pathology. Sci Am 1962; 306: 139-48.
Selye H. A syndrome produced by diverse nocuous agents. Nature 1936; 138: 32- doi: 10.1038/138032a0.
Marsden HM. Crowding and animal behavior. In: Wohlwill JF, Carson D, eds.Environment and the social sciences: perspectives and applications. Washington, DC: American Psychological Association;1972.
Mumford L. The urban prospect. New York, NY: Harcourt, Brace & World; 1968.
Freedman JL. Crowding and behavior. San Francisco, CA: WH Freeman; 1975.
Stokols D. On the distinction between density and crowding: some implications for future research. Psychol Rev 1972; 79: 275-7 doi:10.1037/h0032706 pmid: 5056743.
Paulus P. Prison crowding: a psychological perspective. Berlin: Springer-Verlag;1988.
Calhoun JB. Space and the strategy of life. In: Esser AH, ed. Behavior and environment. New York, NY: Plenum Press;1971.
Fischer CS, Baldassare M. How far from the madding crowd? New Soc 1975; 32: 531-3.
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domingo, 17 de marzo de 2013
Silvia Rivera "Ch’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores"
Sobre la mentada descolonización...
"No puede haber un discurso de la descolonización,
una teoría de la descolonización, sin una
práctica descolonizadora. El discurso del multiculturalismo
y el discurso de la hibridez son lecturas
esencialistas e historicistas de la cuestión indígena,
que no tocan los temas de fondo de la descolonización;
antes bien, encubren y renuevan prácticas
efectivas de colonización y subalternización.
Su función es la de suplantar a las poblaciones
indígenas como sujetos de la historia, convertir
sus luchas y demandas en ingredientes de una reingeniería
cultural y estatal capaz de someterlas a
su voluntad neutralizadora. Un “cambiar para que
nada cambie” que otorgue reconocimientos retóricos
y subordine clientelarmente a los indios en
funciones puramente emblemáticas y simbólicas,
una suerte de “pongueaje cultural” al servicio del
espectáculo pluri-multi del estado y de los medios
de comunicación masiva" (Rivera, 2010:62).
Para seguir leyendo el texto de Silvia Rivera "Ch’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores", seguir el link a la editorial Tinta Limón y "Descargar libro completo (pdf)"...
http://tintalimon.com.ar/libro/CHIXINAKAX-UTXIWA/
"No puede haber un discurso de la descolonización,
una teoría de la descolonización, sin una
práctica descolonizadora. El discurso del multiculturalismo
y el discurso de la hibridez son lecturas
esencialistas e historicistas de la cuestión indígena,
que no tocan los temas de fondo de la descolonización;
antes bien, encubren y renuevan prácticas
efectivas de colonización y subalternización.
Su función es la de suplantar a las poblaciones
indígenas como sujetos de la historia, convertir
sus luchas y demandas en ingredientes de una reingeniería
cultural y estatal capaz de someterlas a
su voluntad neutralizadora. Un “cambiar para que
nada cambie” que otorgue reconocimientos retóricos
y subordine clientelarmente a los indios en
funciones puramente emblemáticas y simbólicas,
una suerte de “pongueaje cultural” al servicio del
espectáculo pluri-multi del estado y de los medios
de comunicación masiva" (Rivera, 2010:62).
Para seguir leyendo el texto de Silvia Rivera "Ch’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores", seguir el link a la editorial Tinta Limón y "Descargar libro completo (pdf)"...
http://tintalimon.com.ar/libro/CHIXINAKAX-UTXIWA/
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Libro
"Edificios de estilo explosivo"
Arquitectura autóctona y colorida puebla La Paz y El Alto
La Razón / Gemma Candela
00:00 / 27 de mayo de 2012
La Razón / Gemma Candela
00:00 / 27 de mayo de 2012
Chola, posmoderna andina, emergente, cohetillo,
híbrida, fusión, ecléctica, barroco contemporáneo… Los nombres con los
que se ha tratado de bautizar el nuevo estilo arquitectónico cada vez
más presente en El Alto y La Paz son tan variados y variopintos como
los colores, adornos y vidrios que cubren las paredes de estos
edificios.
Es imposible no verlos por sus tonos
chillones, vidrios reflectantes y llamativos aderezos, o por su
estructura que, a veces, es coronada con un chalet en lo alto.
Su vistosidad llama la atención de los que no participan de esta nueva y
particular forma de hacer viviendas y negocios. Arquitectos, vecinos y
turistas ponen su mirada, y su crítica, sobre estas infraestructuras.
Tras el primer impacto, las reacciones se podrían agrupar en dos, según
el arquitecto Carlos Villagómez. Por un lado, están los que menosprecian
esta forma de construir y que “no la consideran arquitectura”, sino
estilo decorativo; por otro, hay quienes opinan que este estilo es “la
verdadera expresión de la ciudad de La Paz”, la más genuina. Puede
parecer, en términos simples, bonita o fea, pero tiene detrás toda una
simbología que identifica a un sector de la población que ha creado algo
propio: la nueva burguesía comerciante y transportista de las ciudades
de El Alto y La Paz. El debate está servido dentro del colectivo de
urbanistas, que no llegan a ponerse de acuerdo ni tan siquiera en cómo
llamarla.
Hay quien denomina esta arquitectura como
“chola” porque es construida, en su mayoría, por y para los “nuevos
ricos”, como los define David Vila Fonseca, arquitecto y docente
investigador de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), miembro del
grupo Esencias Urbanas de este centro educativo. El calificativo puede
sonar discriminatorio, pues en su mayoría son comerciantes y
transportistas los que encargan estos inmuebles.
Carlos Villagómez la ha rebautizado como “arquitectura cohetillo”,
aunque el nombre no es de su propia cosecha. Se lo escuchó decir a un
cliente que le pidió un edificio así de explosivo. “Se estaba refiriendo
a toda la apariencia, vivacidad y delirio que hay en los salones de
fiesta”, en los que se celebran prestes, matrimonios y otros festejos,
que abundan en El Alto y en algunos barrios populares de La Paz.
No está claro cuándo surge esta forma ni quién la inicia. Para
Villagómez, es una mezcla de festejos tradicionales como Gran Poder, las
casas en miniatura de la Alasita y la vestimenta folklórica, que se
plasma en una nueva forma de construir edificios para la “nueva
burguesía marginal” de los barrios populares.
El
arquitecto Randolph Cárdenas calcula que las primeras manifestaciones
arquitectónicas de este estilo se dieron hace no más de 20 años, en El
Alto. Este urbanista titulado por la UMSA es uno de los autores de una
investigación sobre el tema, titulada Arquitecturas emergentes en El
Alto. El fenómeno estético como integración cultural, publicado por el
Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB) en 2010. Cuenta
que en la facultad había una “categorización muy, muy despectiva” de
esas construcciones. “Uno no deja de preguntarse: si a uno le están
enseñando una cosa en la facultad, pero lo que tiene éxito es otra cosa
en la calle, ¿quién está fallando?”. En la universidad se enseña, a su
parecer, “arquitectura importada”: “No puedes decir que esto (lo que se
construye acá) es arquitectura boliviana. Lo habrá hecho un boliviano, y
estará en Bolivia, pero esto no es arquitectura boliviana”. Estas
dudas, y su “compromiso personal” con El Alto, su ciudad, le llevaron a
hacer la investigación.
Randolph estudió también
Antropología. “Ha sido un paso para eliminar los grandes prejuicios con
los que salimos (de la universidad) los arquitectos”. Él prefiere la
denominación de “arquitectura emergente” por ser, considera, un término
más abierto y que se corresponde con el proceso de construcción en el
que todavía se encuentra el nuevo estilo.
Los orígenes
Los edificios de la arquitectura “cohetillo” o emergente tienen varias
plantas. En el inferior suelen colocarse los negocios: galerías
comerciales, restaurantes, baños públicos… Esta forma de casas se
remonta hasta las viviendas que surgieron alrededor de la estación de
tren de El Alto, a principios del siglo XX. Allí se asentaron emigrantes
del área rural que reprodujeron su modelo de casa con habitaciones
alrededor de un patio central. Aparecieron, también, diversos
establecimientos que solían estar en la parte delantera del habitáculo,
mientras los dueños vivían en la parte trasera. Con la mejora de los
conocimientos sobre construcción, así como de los materiales, se empezó a
levantar un primer piso, al que se mudaron los propietarios, y se
intervino la fachada.
Durante la investigación, el
urbanista se encontró con un vecino, Fernando Quispe, que le habló de la
primera “casa de piso” que apareció en El Alto, allá por 1988: tenía la
fachada verde (color predominante en la actualidad), estaba en Villa
Adela y era de la familia Chinchero. Tras ella, fueron surgiendo otras
similares. Si la construcción tenía terraza, hacía las veces de patio
central de la vivienda tradicional.
La tecnología ha
jugado un papel importante en la aparición del estilo emergente. Antes,
el revoque se hacía con cal y colores tenues, la mayoría obtenidos con
tintes.
Con la introducción del aluminio y el vidrio
reflectante, así como con la mejora de los conocimientos sobre la
construcción y del manejo del hormigón, comenzaron a proliferar los
edificios “cohetillo” tal como hoy se ven en El Alto y algunas zonas de
la urbe paceña (Gran Poder, Villa Fátima, etc.).
Hay
varios tipos de construcciones dentro del nuevo estilo arquitectónico:
el colonial (con cornisas, balaustres, columnas...); rústico (con vigas
de madera a la vista, mampostería de piedra y ladrillos vista); moderna
(con vidrios reflectantes) y “chaletcito”. Éste último, probablemente,
sea de los más llamativos. El propio Carlos Villagómez no deja de
sorprenderse: para él es como si se hubiera elevado la vivienda con grúa
hasta arriba de la estructura. “No tiene nada que ver con el edificio,
simplemente han suspendido la casa ahí arriba”.
La
mayoría de las veces, esta forma de construir implica poner un chalet en
lo alto del edificio, pero también se denomina así a las que tienen
techos vistos (es decir, que forman parte de la fachada y se pueden
observar desde la calle, y no están cubiertos de calamina) o un balcón,
fuente o altillo. Villagómez aventura que, así, el propietario piensa
que nadie le va a tapar el sol, o que va a ser más difícil que logren
llegar los ladrones. Hay que tener en cuenta también que la altura es
considerada culturalmente un símbolo de progreso y, “en el área andina,
el prestigio social suele ser muy importante”, resalta Cárdenas.
El edificio no es sólo el techo bajo el que se refugia la familia, sino
que hasta contribuye al sostenimiento de ésta. Además de los negocios a
pie de calle, bien de personas que alquilan los locales o de los mismos
propietarios, en la segunda planta hay salones de eventos,
restaurantes, academias, talleres textiles… Los siguientes niveles son
departamentos que también pueden servir para lucrar, mediante alquiler o
anticrético; en muchos casos, son parte de la herencia que los
propietarios dejarán a sus descendientes.
En lo
alto vive el dueño, ya sea el último piso o bien en otra estructura
sobre el edificio. “Empiezan a aparecer cosas extrañísimas como los
chalets que están encima de las construcciones”, insiste Villagómez: el
“chaletcito”, como lo denomina Cárdenas. Es “como trasladar la casa del
campo al edificio”, opina David Vila, para quien el estilo emergente es
una especie de collage de elementos arquitectónicos del mundo clásico,
moderno y contemporáneo, al que los propietarios añaden símbolos de sus
raíces. La cruz andina es un componente recurrente, tanto en la forma de
las ventanas como en la decoración de paredes, puertas y suelos.
Aunque arcos, balaústres, columnas y otros elementos de los diferentes
tipos de arquitectura occidental pueden aparecer en los frontis y en el
interior de los salones de fiesta, Cárdenas sostiene que esta tipología
es algo más que un alocado copia y pega. No es una “manifestación
totalmente nueva”, describe, porque la gente toma referentes de otras
edificaciones, pero no los reproduce tal cual. Lo que se pide al
constructor es: “Como de mi vecino, pero mejor”, relata el arquitecto
Emerson Millán al investigador. Es por ello que los habitantes de estos
espacios se muestran muy celosos ante las fotos y las miradas demasiado
atentas. Cárdenas recuerda una anécdota al respecto que le contó un
hombre indignado que había diseñado su casa: “Un arquitecto que estaba
aquí, ha trabajado ahí también (para otro), igualito que aquí estaba
haciendo…. Todo estaba copiando, yo le he ido a buscar al dueño siempre,
ya molesto le quería pegar, le he dicho: ‘Por qué están haciendo así,
estos diseños a mí me cuestan, tienes que cambiar’”. Ocurre que la
fachada es el “espacio de expresión de la persona, de la familia”,
explica el urbanista alteño. Por ello, y por la inversión económica y de
tiempo que demanda una obra así, los propietarios no pueden permitir
que venga otro y la plagie. Habría que preguntarle a arquitectos famosos
como Calatrava o Foster qué sentirían si, unas cuadras más allá, vieran
que alguien está levantando una estructura idéntica a la que ellos
están haciendo.
Los arquitectos son actores
prescindibles del proceso de construcción. Frecuentemente se les
contrata únicamente para la elaboración de los planos, necesaria para la
legalización de las obras. Hay quien sí cuenta con el trabajo de estos
profesionales para todo el proceso, pues es también una forma de darse
importancia y prestigio, ya que pagar sus honorarios, que no está al
alcance de todos, es un añadido que enorgullece al propietario.
Aunque las personas son reacias a hablar de cantidades económicas, el
investigador da una cifra aproximada: el metro cuadrado cuesta alrededor
de 300 dólares.
Muchos de los entrevistados por este
arquitecto han reconocido que están totalmente endeudados. Una familia
trata de tener este tipo de casa por el prestigio social que implica,
independientemente de que la pueda pagar. Importa más el qué dirán. Una
forma de abaratar costos es acudir directamente a un albañil, sin contar
con el arquitecto. “El maestrito es nuestra competencia”, manifiesta
David Vila. Es él quien da consejos sobre qué hacer y edifica según sus
conocimientos empíricos. Es frecuente, explica el estudioso de este
fenómeno, que el obrero sobredimensione los pilares principales para
evitar desplomes.
El boceto inicial no llega a
coincidir con el resultado final. De hecho, es un proceso que se termina
a la par que el edificio, o después (suelen hacerse cambios), del que
participa toda la familia y el albañil. Es el caso de don Adolfo, dueño
de una llamativa casa en la zona alteña de Villa Adela. quien abrió su
casa a Escape en compañía de don Marcos, el obrero que la construyó. Al
entrar en la planta baja, el propietario explica que, cuando se empezó a
construir, iba a ser un garaje. Acabó siendo una vivienda de tres
alturas, tras dos años que ha empleado el “maestrito” para levantarla y
decorarla.
Cuando la estructura estuvo terminada, se
dio una situación habitual en todo proceso de edificación de un inmueble
“cohetillo”: el propietario tuvo que elegir la decoración. Pero no se
trata de una sola persona: este actor es la familia al completo que sale
de la casa, da media vuelta, levanta la vista y, observando el muro
desnudo, se plantea: “¿Qué colocamos?”. Con ayuda del albañil, don
Adolfo, su mujer y sus hijos decidieron con qué componentes iban a
decorar la vivienda (ver foto de la tercera página de este reportaje).
Una historia visual
Es inevitable pensar, mientras don Adolfo explica el sentido de los
detalles pintados, en los textiles andinos, donde se resume la historia
de una familia o de una comunidad. Pues bien: el frontis está dividido
en tres, cuya parte central sobresale a las otras dos. En ella hay una
barca de totora, que representa el origen del cabeza de familia, (hombre
oriundo de una comunidad a orillas del lago Titicaca). Más arriba
destaca una Puerta del Sol tiwanakota, a través de la cual puede verse
un Illimani del que emana un riachuelo que pasa por verdes prados. En
los laterales, encuadrando las ventanas que hay en cada uno de ellos,
hay ocho rombos divididos en cuatro, uno por cada miembro de la familia
(ahora, cinco años después de la construcción, ya son seis los
integrantes y nada impide que se añadan los símbolos de ese
crecimiento).
Las gotas que ocupan el resto del
espacio (parece que hay una especie de horror al vacío, propio del
estilo barroco) tienen también su razón de ser: cada vez que la familia
organiza una fiesta, llovizna. “Sólo caen gotitas, yo pienso que es como
una bendición”, dice don Hugo. Los delfines y caballitos de mar que hay
en la parte baja representan, según el dueño, el signo zodiacal de su
mujer, quien es de Piscis.
Los colores tampoco son
producto del azar: el azul de la pared y el amarillo de los adornos
corresponden a una de las fraternidades de morenada más importantes del
Gran Poder, Los Fanáticos, de la que es parte la familia. El derroche de
color y ornamentación se cuela dentro de las viviendas, incluyendo las
galerías comerciales y, por supuesto, los salones de eventos. Éstos “son
la expresión más acabada de las arquitecturas emergentes”, afirma
Cárdenas. “Existen salones de fiestas que ya quisiera haberlos imaginado
Fellini, pero ni con toda la mota del mundo”, señala Villagómez, cuyo
humor alcanza incluso al nombre de un grupo de estudio de la
arquitectura “cohetillo” que él impulsó: la FEA (Fundación de Estética
Andina). Iba dirigida a “destronar” la idea establecida de qué es
arquitectura, de qué es bello, influenciada aquella por el pensamiento
occidental.
Bromas aparte, esta manifestación
colectiva no puede expresarla cualquiera. “No me da la talla”, reconoce
el arquitecto paceño. Él ha tratado de hacer este tipo de edificios.
“Estoy terminando unas cosas y al lado están haciendo cosas muchísimo
más delirantes”. Reconoce estar formado bajo el prisma prooccidental.
“Debe existir en uno mismo una reeducación de lo que realmente entiendes
como arquitectura”.
En ese sentido coincide con la
visión de Cárdenas, quien propone, como verdadera técnica de
descolonización, incluir en la formación académica teorías nuevas y
autóctonas con las que los arquitectos puedan atender la demanda de un
sector numeroso de la población, que requiere cada día más de esta
arquitectura emergente y que, en opinión de Villagómez, atrae al turista
más que los edificios coloniales. Ya han creado un paisaje cultural que
está viajando a otros puntos del país junto con los emigrantes de La
Paz y El Alto y que cada vez son, en palabras del urbanista, “mucho más
expresivos, mucho más delirantes. Es decir, una verdadera explosión de
cohetillos y petardos”.
Fuente: http://www.la-razon.com/suplementos/escape/Edificios-estilo-explosivo_0_1619838089.html
domingo, 28 de octubre de 2012
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